lunes, 10 de septiembre de 2007

Ideología y táctica

Nadir debería basar una campaña política en razonamientos presididos por un sesgo ideológico. Y ¿por qué? Justamente el gran problema de la política caduca radica en la ideologización, es decir, en crear discursos basados en narrativas que idealizan una cierta visión del mundo, y por lo tanto, banalizan el mundo real. Toda ideología tiende a ser excluyente, a absolutizarse, exigiendo sus comisarios que los individuos vivan de acuerdo con los cánones que una cierta elite designa. Es más, el concepto “ideología”, supuestamente liberador, emancipador de las conciencias dominadas, cuando se aplica sobre sí mismo, se descubre que es tan alienador, cosificador y esclavizador como las presuntas ideologías de las que nos dice liberar.
En las democracias modernas posindustriales la utilización de argumentos ideológicos ya no sirve, no es eficaz. Los partidos que se ideologizan en demasía se alejan del estado ideal electoral en el espejo político: el centro. Esto es, mientras más “centrado” es el discurso de una formación política, más adeptos gana. A los ciudadanos no les importa la ideología, sino qué medidas se van a tomar para resolver las dificultades que les acucian. Un razonamiento sesgado y falaz es prometer aquello que se sabe que no se puede cumplir en un ámbito determinado. Un razonamiento sesgado y falaz es recurrir a argumentos ideológicos como fundamentos para propuestas electorales.
Hoy, en nuestras democracias, y de todos es conocido, los partidos son maquinas de competición. Si el objetivo es el triunfo electoral, raya en lo absurdo la ideologización, porque se retrocede. Las personas, su dedicación a la gestión pública, junto con el empeño y el cariño percibidos, son los factores decisivos. Las siglas grosso modo ya no representan más que los que los líderes prefieran.
Pero una cosa es el discurso y las personas, y otra muy distinta la acción y la gestión. Si la persona que representa una opción no esgrimiese un discurso coherente que la posicionase distintamente frente al resto, y se percibiese por parte de su potencial electorado que se trata de declaraciones construidas a través de un estrecho corsé según las expectativas detectadas, entonces el comportamiento electoral puede ser devastador.
Ojalá la próxima campaña política no se ideologice. Hechos, hechos y más hechos. Presentar un balance de lo conseguido es el mejor argumento racional y razonable para convencer, ya que se exhibirán los elementos probatorios. Se ha de apelar a los sentimientos, pero también a la esfera racional. La ideología desata emociones que repudia la razón, y en este sentido los ciudadanos acabamos hartos de discursos fáciles para arrancar un efímero aplauso y de poses artificiales que no se pueden disimular por mucho tiempo. “Quod natura non dat, Salmantica non praestat”, ¿recuerdan? Pues bien, si no se tienen aptitudes, el hecho de hacer carrera política no te las facilita. Apelar sin cesar a la ideología para encubrir un mero tacticismo conduce a la marginación, o a la extinción, paulatinamente. No es recomendable.

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