Cainismo
Una de las condiciones básicas y primarias para trabajar con éxito en la arena política, sobre todo si se tiene expectativas de éxito a medio plazo, no es otra que contar con un buen equipo que respalde con su dedicación esmerada y su acierto continuo a un futuro candidato. Así, valga de ejemplo, éste es el motivo por el que no es recomendable fraguar una candidatura poco antes de un comicio. Cuando se pone en marcha la "guillotina" para deshacerse del pasado, lo más normal que ocurra es que se decapite a un capital humano inestimable, experimentado y curtido en mil y una batallas. En bastantes ocasiones, se utiliza el mensaje de la "renovación" como cobertura de las verdaderas intenciones, si bien tan sólo es cuestión de tiempo, un periodo menor de lo que comúnmente se piensa, descubrirlas.
El jacobinismo en una formación política conduce, de manera inexorable, a una progresiva lucha de facciones. Sin embargo, ésta puede permanecer temporalmente latente en caso de que ese partido (esto es, sus jerifaltes) disponga de los medios materiales necesarios para acallar las voces insatisfechas, y que pocas veces serán críticas. Esto en la práctica recibe la denominación de "contentar a los contrariados". Sin embargo, es una forma no de anular a la oposición interna, sino de ralentizar el enfrentamiento. Se trata de un principio que podríamos bautizar "Mientras que haya pan, habrá paz".
Ya que estamos con el tópico de la Revolución Francesa, alguien tiene que desempeñar el papel de las clases desfavorecidas fácilmente instrumentalizables. ¿Quiénes serán los ‘San Culottes’ preocupados sólo en sobrevivir o malvivir? Son auténticos antropófagos políticos por obligación, que vienen temporalmente a ocupar el lugar dejado por los otrora encumbrados correligionarios. Jamás tendrán voluntad propia, y únicamente se afanarán en "salvar sus muebles" a costa de sus iguales. Pero la política se caracteriza porque tiene mucha memoria, quizás demasiada, más de lo deseable. De hecho, es terriblemente vengativa y cainita. La guillotina, se solía decir en la etapa del Terror, es un espejo en el que el verdugo se refleja como víctima. Los clamores que animamos hoy para bajar la afilada hoja, mañana los escucharemos arrodillados en el grillete mientras un cortante silbido recorre la distancia hasta el cuello. En definitiva, de la práctica del canibalismo político no hay salvación.
Los ‘San Culottes’ profesionales moran en la política como un parásito en un huésped, minando de modo progresivo la salud del mismo. Ahora bien, siempre es una ventaja contar con "carne de cañón" que poder ofrendar llegada la ocasión. ¡Qué más da distinguirse mediante una escarapela estampada con unos colores u otros! La dependencia se acentúa y el margen de actuación disminuye..., siempre buscando pan para saciar estómagos agradecidos o cadalsos que encierren oportunidades tras los defenestrados.
Los ‘San Culottes’, por tanto, no pueden conocer la compasión con sus pares, tan sólo la sumisión ante su protector y esperar su momento.
lunes, 27 de agosto de 2007
miércoles, 22 de agosto de 2007
¿De cara a la galería?
¿Qué es lo que se debe hacer con un documento político que, por su propia naturaleza, carece de imposición legal? Pues aunque parezca que estoy preguntando de qué color es el caballo blanco de Santiago, la pregunta resulta más que pertinente. Bien, la respuesta es clara: tan sólo cabe implementar un uso político del mismo, nada más.
El Acuerdo sobre un código de conducta política en relación con el transfuguismo en las corporaciones locales podría llegar a representar uno de los ejemplos más claros de lo que acabo de exponer. Siempre asaltan interrogantes, y esto es bueno porque, como ciudadanos, nos mantiene en alerta. Ya desde la propia denominación del mismo se hace explícita la intención que alberga en la voluntad de las partes firmantes del mismo: es decir, el ejercicio de la buena voluntad. Pero ¿y cuando ésta falta? Los distintos partidos nos surten de casos en contrario, por lo que resulta un arma arrojadiza de discutible efecto.
El problema del transfuguismo no se arregla con la simple denuncia intermitente de unos y de otros, según vaya soplando el viento. Todo lo contrario, el problema del transfuguismo no encontrará una solución hasta que las formaciones reconozcan que, cuando algún representante ha traicionado su lealtad política en detrimento de la voluntad popular, siempre se obtiene un beneficio claro por parte de otros, y que dicha mecánica no ayuda al sano funcionamiento exigible a una democracia representativa.
El transfuguismo, al contrario de lo que enuncia el Acuerdo no debe ser "aislado", sino erradicado, eliminado via legislativa. La utilización de la Ley es el único recurso que resta para curar a nuestra democracia de uno de sus males endémicos. Ahora bien, si todos tienen la ocasión de beneficiarse, de una forma u otra, en un sistema de partidos, donde únicamente importa tener la mayoría, la condición de "víctima" es realmente circunstancial, pues "nadie estará libre de pecado" para exigir con pulcritud el acatamiento y cumplimiento de un decálogo ético. La tentación siempre estará presente.
Las formaciones, por su dinámica y también por la esencia del sistema, es imposible que posean conciencia moral. Únicamente los sujetos que la conforman podrán actuar de contrapeso de sus propios compañeros para demandarles respeto por la voluntad popular, aunque renunciar a debilitar al contrario implique la no percepción de ganancias inmediatas.
Una de las razones de la abstención en nuestro sistema es justamente la visualización de la omisión de deber de lealtad política, dejando a los electores, a los ciudadanos, en un lugar poco deseable, en la más pura indefensión.
Nuestra clase política tendría que hilar más fino, ser no sólo consciente del dificultad, sino también de la imperiosa necesidad de difundir pedagogía democrática, arbitrando los medios para que la voluntad popular, nacida libremente en las urnas, no se vea truncada por acciones particulares, que suelen ser reprendidas en actos solemnes. Esto sólo no es suficiente. La opinión pública no puede acostumbrarse a dar todo por perdido. Cuando esto suceda, entonces adiós.
El Acuerdo sobre un código de conducta política en relación con el transfuguismo en las corporaciones locales podría llegar a representar uno de los ejemplos más claros de lo que acabo de exponer. Siempre asaltan interrogantes, y esto es bueno porque, como ciudadanos, nos mantiene en alerta. Ya desde la propia denominación del mismo se hace explícita la intención que alberga en la voluntad de las partes firmantes del mismo: es decir, el ejercicio de la buena voluntad. Pero ¿y cuando ésta falta? Los distintos partidos nos surten de casos en contrario, por lo que resulta un arma arrojadiza de discutible efecto.
El problema del transfuguismo no se arregla con la simple denuncia intermitente de unos y de otros, según vaya soplando el viento. Todo lo contrario, el problema del transfuguismo no encontrará una solución hasta que las formaciones reconozcan que, cuando algún representante ha traicionado su lealtad política en detrimento de la voluntad popular, siempre se obtiene un beneficio claro por parte de otros, y que dicha mecánica no ayuda al sano funcionamiento exigible a una democracia representativa.
El transfuguismo, al contrario de lo que enuncia el Acuerdo no debe ser "aislado", sino erradicado, eliminado via legislativa. La utilización de la Ley es el único recurso que resta para curar a nuestra democracia de uno de sus males endémicos. Ahora bien, si todos tienen la ocasión de beneficiarse, de una forma u otra, en un sistema de partidos, donde únicamente importa tener la mayoría, la condición de "víctima" es realmente circunstancial, pues "nadie estará libre de pecado" para exigir con pulcritud el acatamiento y cumplimiento de un decálogo ético. La tentación siempre estará presente.
Las formaciones, por su dinámica y también por la esencia del sistema, es imposible que posean conciencia moral. Únicamente los sujetos que la conforman podrán actuar de contrapeso de sus propios compañeros para demandarles respeto por la voluntad popular, aunque renunciar a debilitar al contrario implique la no percepción de ganancias inmediatas.
Una de las razones de la abstención en nuestro sistema es justamente la visualización de la omisión de deber de lealtad política, dejando a los electores, a los ciudadanos, en un lugar poco deseable, en la más pura indefensión.
Nuestra clase política tendría que hilar más fino, ser no sólo consciente del dificultad, sino también de la imperiosa necesidad de difundir pedagogía democrática, arbitrando los medios para que la voluntad popular, nacida libremente en las urnas, no se vea truncada por acciones particulares, que suelen ser reprendidas en actos solemnes. Esto sólo no es suficiente. La opinión pública no puede acostumbrarse a dar todo por perdido. Cuando esto suceda, entonces adiós.
lunes, 20 de agosto de 2007
Seguidismo y libertad
Una democracia verdaderamente sana demanda la presencia de ciudadanos con vocación crítica. Sin evaluación, comprensión, apreciación y análisis desprovistos de prejuicios, sólo caminaremos por páramos estériles. Lo peor que puede ocurrir a quienes profesan “pasión por la democracia” es tener que dialogar con sujetos que tengan tan idealizada la estampa de cualquier dirigente o formación política que sea suspendido todo juicio negativo en torno a los mismos, aunque los hechos objetivos sean aplastantes. Estos acólitos, estos creyentes, estos fervorosos adoradores describen el perfil del votante idóneo, pues -aun cuando la realidad camine en sentido contrario- no es necesario esfuerzo alguno para convencerlos de lo inverosímil. Confunden la capacidad política con la habilidad de improvisar salidas por la puerta de atrás mediante figuras retóricas de fácil aprendizaje. Se embelezan con los estudiados movimientos, ademanes y contorneos de sus líderes en los estrados. Caminan tras imágenes perfectamente diseñadas por equipos profesionales que buscan la identificación con el mayor número de individuos posibles para cada ocasión. Esperan encontrar la senda hacia el Paraíso en las intervenciones de los oradores con anhelo de salvación. Estos devotos no precisan discursos racionales y programáticos, basados en datos; únicamente se conforman con las migajas de encendidas arengas populistas, emotivas y pasionales. Están dispuestos a aplaudir ante el más mínimo estímulo: las pausas estratégicas establecidas en las intervenciones a la mayor gloria del predicador y del partido. ¿Cómo afianzar esta cantera? La historia es un innegable hervidero de traumas. Cada pueblo, nación o Estado se eleva sobre un conjunto creciente de sucesos lesivos. La instrumentalización política de los “traumas históricos” provee de un arsenal mortífero a aquellos que saben valerse del mismo con virtuosismo. La concepción de las plurales opciones partidistas presentes se filtran desde categorías, conceptos y actos del pasado, evitando así que se restañen heridas, mientras que la reflexión racional cede su lugar a la más aborrecedora visceralidad. No se trata de olvidar sino de redimir con justos reconocimientos y ceremonias reconciliadoras de desagravio. Ésta es la “memoria histórica”, que no tiene que ser experimentada hasta el infinito como un trauma, heredando torticeramente unos los pecados de otros. Alimentar con acritud y soflamas los mensajes a la ciudadanía no ayuda a crecer democráticamente; incluso encierra una contradicción interna bastante ostentosa como para pasar desapercibida: avivar traumas rentables políticamente implica un declive democrático, al unidimensionar los contenidos del debate ciudadano (tan alejado del institucional), actuando como pantalla para otros problemas más acuciantes. Hurtar el auténtico debate a través de prácticas que hieren el espíritu democrático no sólo es deshonesto sino poco enriquecedor. Los entusiastas, fanáticos, idólatras y admiradores –en suma, los fans de las siglas- terminan robando el espacio a los ciudadanos autónomos, libres y responsables que desean hacer del espacio público su morada, no la de los políticos profesionales y sus hipnotizados seguidores.
viernes, 17 de agosto de 2007
Moneda de cambio
Después de cada convocatoria electoral nos toca vivir cansina y hartamente un "déjà vu". Comienzan los "intercambios de cromos". Si ustedes los prefieren, podemos acudir a la conocida expresión latina "do ut des". No importa lo refinados que nos queramos poner, pues todos sabemos sobradamente a lo que nos estamos refiriendo. En este consistorio me faltan concejales para asegurar "mi gobierno", no pasa nada, ya que se pone en práctica la forma de intercambio más primitiva: el trueque. Se canjea un pueblo por otro o se tienta (que en argot significa "se establecen contactos") con sujetos caracterizados por su consentimiento elástico, y problema resuelto. Pero ¿la voluntad popular? ¡Que malsana es la costumbre de importunarnos con preguntas desagradables! En un sistema partitocrático se volatiliza con escandalosa facilidad.
El hecho objetivo es que se trata de ocupar poltronas, de manera que los mapas adquieran tonalidades cromáticas asociadas con las distintas formaciones en competición electoral. Es el "hambre de sillón", una avidez que en estos días que corren pertrecha las alianzas más inverosímiles. De hecho, "Roma paga a quien haga falta", y el Emperador y sus acólitos se regocijan en una auténtica bacanal de pactos. No hace falta desplegar una gran imaginación para sellar acuerdos: póngase encima de la mesa cargos remunerados por el vil metal y súbitamente se revelará un efecto narcotizante sobre ideologías y morales.
En realidad, la formación que se beneficia más de esta forma de hacer política no es otra que la disponga de más implantación institucional, ya que tendrá a su disposición recursos económicos suficientes como para asegurar la gobernabilidad de "sus territorios imperiales" mediante sátrapas que, en su gran mayoría, se saben de antemano no aptos para el cargo, pero he ahí la ventaja. Y éstos no dudarán, porque nadie en su sano juicio pondrá en peligro su puesto de trabajo hasta la próximas elecciones.
¿Se han cuestionado alguna vez lo rentable que sale crear un grupo independiente que se convierta en bisagra para formar mayoría? Parece una "contradictio in terminis", y lo es, pero hasta podría ser un negocio redondo. Ahora que está tan de moda eso del autoempleo, ¿qué mejor fórmula? Si se consiguen los concejales suficientes, entonces sólo cabe esperar relajadamente propuestas y elegir al mejor postor. ¿Puede tildarse de independiente a agrupaciones de electores que brindan su apoyo a formaciones políticas poderosas para que éstas sigan incrementando su hegemonía? ¡Qué triste es pedir el voto para acabar mendigando una misérrima cuota de poder! Una agrupación independiente nunca debe pactar, sólo llegar a acuerdos puntuales que beneficien a su localidad, permitiendo que gobierne la lista más votada.
Es el propio sistema electoral, que es terriblemente injusto y del que todos intentan beneficiarse con habilidad a cualquier nivel, el instrumento que prima sobremanera a grupúsculos que, salvo honradas excepciones, únicamente se representan a sí mismos, casi de forma familiar.
El hecho objetivo es que se trata de ocupar poltronas, de manera que los mapas adquieran tonalidades cromáticas asociadas con las distintas formaciones en competición electoral. Es el "hambre de sillón", una avidez que en estos días que corren pertrecha las alianzas más inverosímiles. De hecho, "Roma paga a quien haga falta", y el Emperador y sus acólitos se regocijan en una auténtica bacanal de pactos. No hace falta desplegar una gran imaginación para sellar acuerdos: póngase encima de la mesa cargos remunerados por el vil metal y súbitamente se revelará un efecto narcotizante sobre ideologías y morales.
En realidad, la formación que se beneficia más de esta forma de hacer política no es otra que la disponga de más implantación institucional, ya que tendrá a su disposición recursos económicos suficientes como para asegurar la gobernabilidad de "sus territorios imperiales" mediante sátrapas que, en su gran mayoría, se saben de antemano no aptos para el cargo, pero he ahí la ventaja. Y éstos no dudarán, porque nadie en su sano juicio pondrá en peligro su puesto de trabajo hasta la próximas elecciones.
¿Se han cuestionado alguna vez lo rentable que sale crear un grupo independiente que se convierta en bisagra para formar mayoría? Parece una "contradictio in terminis", y lo es, pero hasta podría ser un negocio redondo. Ahora que está tan de moda eso del autoempleo, ¿qué mejor fórmula? Si se consiguen los concejales suficientes, entonces sólo cabe esperar relajadamente propuestas y elegir al mejor postor. ¿Puede tildarse de independiente a agrupaciones de electores que brindan su apoyo a formaciones políticas poderosas para que éstas sigan incrementando su hegemonía? ¡Qué triste es pedir el voto para acabar mendigando una misérrima cuota de poder! Una agrupación independiente nunca debe pactar, sólo llegar a acuerdos puntuales que beneficien a su localidad, permitiendo que gobierne la lista más votada.
Es el propio sistema electoral, que es terriblemente injusto y del que todos intentan beneficiarse con habilidad a cualquier nivel, el instrumento que prima sobremanera a grupúsculos que, salvo honradas excepciones, únicamente se representan a sí mismos, casi de forma familiar.
jueves, 16 de agosto de 2007
El opio del pueblo
"Neutralizar" a la oposición, "silenciar" las voces disidentes y "narcotizar" al hombre común, éstos son los grandes males de la imperante democracia. Una democracia, por cierto, construida desde despachos, ordenadores e imágenes. El poder de la comunicación es tan grande que prácticamente determina la demanda social. Si es cierto que "La gente sólo ve lo que está preparada para ver", entonces los mensajes que se inoculan a través de los mass media quedarían adecuados como meros productos de consumo de acuerdo a la máxima anterior.
El dilema que se plantea es si lo que pasa es aquello que se nos ofrece o si se nos ofrece porque pasa. ¿Lo que ocurre adquiere relevancia según reporte algún tipo de provecho, utilidad, ventaja o fruto? Bien, la cuestión no es otra que la de qué hay de dar al público, o mejor dicho, a nuestros consumidores. En política, como en otros ámbitos de la sociedad, la respuesta es tremendamente afirmativa. Si el atavismo vende, en la arena política todavía mucho más. Centrar la atención en ciertos hechos significa obviar otras parcelas de "lo real", por lo que la "realidad" que se transmite siempre, por definición, se encuentra sesgada.
Este es un dato que cualquier planificador conoce de sobra. En política, todos sus profesionales deben aprender a apreciar la importancia de anular la protesta y la rebeldía. La mejor vía es la aplicación del principio "Divide et impera". Así pues, la desunión, el enfrentamiento, la discordia y el miedo, elementos de gran fuerza disgregadora, se potencian dando lugar a una percepción dantesca de la sociedad y de cada uno de sus miembros, a los que se termina por convertir en potenciales enemigos. Cuando la razón es sustituida por las emociones y los sentimientos, el hombre-masa del que hablaba Ortega y Gasset reclama la tiranía sobre su destino, pues es incapaz de autogobernarse al ser desposeído de "lo real".
Si tuviese que responder a la interrogante de cuál es el sueño de todo político, me atrevería a decir, y creo que la contestación se ajustaría bastante a lo comprobable, que el gobierno "sobre ciudadanos atemorizados y recelosos que no hablan con sus semejantes y que prefieren encerrarse a cal y canto en sus hogares para ver la televisión". Ésta no es sólo la opinión de reputados politólogos y filósofos políticos, sino también la compartida por expertos en comunicación. ¿Por qué? El poder político tradicional comanda únicamente en ausencia de ideales aglutinadores, y cuando éstos no existen aquél no para de crecer en una ¿democracia? teledirigida.
Hoy más que nunca antes en la Historia, el poder y su ejercicio se cimentan en una ingeniería forjada en el estudio de las necesidades materiales y espirituales del ser humano, de sus miedos y de sus temores, para aumentar respuestas emocionales ante ciertos estímulos amplificados: inseguridad, inestabilidad y desconfianza.
¿Puede la libertad de la que gozamos auparse sobre pilares tan débiles?
El dilema que se plantea es si lo que pasa es aquello que se nos ofrece o si se nos ofrece porque pasa. ¿Lo que ocurre adquiere relevancia según reporte algún tipo de provecho, utilidad, ventaja o fruto? Bien, la cuestión no es otra que la de qué hay de dar al público, o mejor dicho, a nuestros consumidores. En política, como en otros ámbitos de la sociedad, la respuesta es tremendamente afirmativa. Si el atavismo vende, en la arena política todavía mucho más. Centrar la atención en ciertos hechos significa obviar otras parcelas de "lo real", por lo que la "realidad" que se transmite siempre, por definición, se encuentra sesgada.
Este es un dato que cualquier planificador conoce de sobra. En política, todos sus profesionales deben aprender a apreciar la importancia de anular la protesta y la rebeldía. La mejor vía es la aplicación del principio "Divide et impera". Así pues, la desunión, el enfrentamiento, la discordia y el miedo, elementos de gran fuerza disgregadora, se potencian dando lugar a una percepción dantesca de la sociedad y de cada uno de sus miembros, a los que se termina por convertir en potenciales enemigos. Cuando la razón es sustituida por las emociones y los sentimientos, el hombre-masa del que hablaba Ortega y Gasset reclama la tiranía sobre su destino, pues es incapaz de autogobernarse al ser desposeído de "lo real".
Si tuviese que responder a la interrogante de cuál es el sueño de todo político, me atrevería a decir, y creo que la contestación se ajustaría bastante a lo comprobable, que el gobierno "sobre ciudadanos atemorizados y recelosos que no hablan con sus semejantes y que prefieren encerrarse a cal y canto en sus hogares para ver la televisión". Ésta no es sólo la opinión de reputados politólogos y filósofos políticos, sino también la compartida por expertos en comunicación. ¿Por qué? El poder político tradicional comanda únicamente en ausencia de ideales aglutinadores, y cuando éstos no existen aquél no para de crecer en una ¿democracia? teledirigida.
Hoy más que nunca antes en la Historia, el poder y su ejercicio se cimentan en una ingeniería forjada en el estudio de las necesidades materiales y espirituales del ser humano, de sus miedos y de sus temores, para aumentar respuestas emocionales ante ciertos estímulos amplificados: inseguridad, inestabilidad y desconfianza.
¿Puede la libertad de la que gozamos auparse sobre pilares tan débiles?
martes, 14 de agosto de 2007
Justicia electoral
No hace mucho tiempo que dos de mis queridos compañeros, los Profesores Ramón Soriano y Carlos Alarcón, tuvieron la valentía de publicar una obra convincente y fácil de leer: Justicia Electoral. En ella se expone la asimetría del valor de los votos en las diferentes circunscripciones y las causas que provocan que el mandato constitucional de que todos los sufragios emitidos sean iguales sea imposible de validar en la práctica. Sin embargo, no sólo se contentaron con denunciar este hecho acarreado por la funesta Ley D’hont, sino que propusieron alternativas viables para acercar la realidad al idealismo constitucional, las cuales obran en conocimiento de los prohombres de nuestra política nacional y autonómica.
Pero no voy a referirme aquí a las medidas expuestas en el mencionado trabajo; antes bien, explicaré otra propuesta que vengo estudiando desde hace tiempo y que me parece que, al igual que la citada, también se debería tener en cuenta por su complementariedad e innovación: el Voto Personal Transferible (VPT).
Uno de los grandes problemas que está minando la confianza de los ciudadanos en la calidad de nuestra democracia son los pactos postelectorales. Ya que se atiende más a la gobernabilidad, es decir, a la estabilidad, que a los resultados emanados de la voluntad popular directa, el gobierno de las distintas administraciones recae sobre mayorías indirectas. O sea, la mayoría que nace desde el voto en las urnas es sustituida legalmente por acuerdos entre representantes. Esto provoca, cuando no es dable el ‘rodillo monocolor’, o bien un bipartidismo casi perfecto, o bien que minorías no-significativas determinen la posibilidad y el curso de la gobernabilidad. Como se comprenderá fácilmente, cualquiera de estos supuestos es pernicioso para una auténtica democracia.
¿Cuáles son las características del VPT? Someramente: 1) Se aplica sobre una circunscripción multipersonal, esto es, se eligen a varios representantes nominalmente y no a listas cerradas; sin embargo, también podría implementarse sobre circunscripciones unipersonales, donde ganaría el candidato con mayor número de votos. Es importante que nos demos cuenta de ya no hablamos de "candidaturas" sino de candidatos. 2) Los electores ordenan sus preferencias numéricamente. 3) Las minorías no son expulsadas del sistema pero tampoco se amplifica indebidamente su representación, con lo que concordaría su implantación sociológica con el número de representantes obtenidos. 4) Al establecerse porcentajes para lograr representación, cuando un candidato la haya adquirido al alcanzar dicho tanto por ciento, no se desperdiciarán el resto de los votos sobrantes a su favor, sino que éstos, de acuerdo con la lista de preferencias manifestada por los votantes, pasarán a la segunda, tercera,... opción declarada, y a sí sucesivamente hasta completar el cuerpo de representantes a elegir por el colegio electoral.
Éstas son algunas de las líneas maestras del VPT. Estoy seguro de que serviría para solucionar muchas de las perturbaciones actuales, aunque es innegable que surgirían otras en el camino. No obstante, es mucho más acertado que la Ley D’hont.
Pero no voy a referirme aquí a las medidas expuestas en el mencionado trabajo; antes bien, explicaré otra propuesta que vengo estudiando desde hace tiempo y que me parece que, al igual que la citada, también se debería tener en cuenta por su complementariedad e innovación: el Voto Personal Transferible (VPT).
Uno de los grandes problemas que está minando la confianza de los ciudadanos en la calidad de nuestra democracia son los pactos postelectorales. Ya que se atiende más a la gobernabilidad, es decir, a la estabilidad, que a los resultados emanados de la voluntad popular directa, el gobierno de las distintas administraciones recae sobre mayorías indirectas. O sea, la mayoría que nace desde el voto en las urnas es sustituida legalmente por acuerdos entre representantes. Esto provoca, cuando no es dable el ‘rodillo monocolor’, o bien un bipartidismo casi perfecto, o bien que minorías no-significativas determinen la posibilidad y el curso de la gobernabilidad. Como se comprenderá fácilmente, cualquiera de estos supuestos es pernicioso para una auténtica democracia.
¿Cuáles son las características del VPT? Someramente: 1) Se aplica sobre una circunscripción multipersonal, esto es, se eligen a varios representantes nominalmente y no a listas cerradas; sin embargo, también podría implementarse sobre circunscripciones unipersonales, donde ganaría el candidato con mayor número de votos. Es importante que nos demos cuenta de ya no hablamos de "candidaturas" sino de candidatos. 2) Los electores ordenan sus preferencias numéricamente. 3) Las minorías no son expulsadas del sistema pero tampoco se amplifica indebidamente su representación, con lo que concordaría su implantación sociológica con el número de representantes obtenidos. 4) Al establecerse porcentajes para lograr representación, cuando un candidato la haya adquirido al alcanzar dicho tanto por ciento, no se desperdiciarán el resto de los votos sobrantes a su favor, sino que éstos, de acuerdo con la lista de preferencias manifestada por los votantes, pasarán a la segunda, tercera,... opción declarada, y a sí sucesivamente hasta completar el cuerpo de representantes a elegir por el colegio electoral.
Éstas son algunas de las líneas maestras del VPT. Estoy seguro de que serviría para solucionar muchas de las perturbaciones actuales, aunque es innegable que surgirían otras en el camino. No obstante, es mucho más acertado que la Ley D’hont.
lunes, 13 de agosto de 2007
El partido-empresa
Quizás muchos se sorprendan por el modelo que voy a exponer sobre cómo debería funcionar una partido político. Sin embargo, la experiencia que he ido acumulando en el ámbito profesional me demuestra cada vez más que una formación política con aspiraciones de éxito debe regirse pulcramente por el espíritu empresarial.
Bien, comencemos. Hoy ya las siglas, a no ser por una serie particularidades que sean localizables en ciertos segmentos de población, a las que se les denomina técnicamente "clivajes", como son por ejemplo la procedencia étnica, la confesión religiosa o la profesión, de poco o nada valen; incluso en muchas ocasiones los clivajes no actúan en absoluto como factor determinante para la inclinación del voto.
Parecerá, asimismo, una perogrullada afirmar que toda formación política sólo tiene un objetivo: ganar. Sí, es cierto, aunque dicha evidencia se agota en sí misma en la subjetividad de quienes forman parte de la competición. Una cosa es "querer ganar" y otra muy distinta "saber cómo lograrlo".
Los partidos de cuño tradicional fijan con fuerza la preponderancia de su aparato frente a las bases y simpatizantes (y hace muy poco hemos tenido la ocasión de comprobarlo). De hecho, los nuevos derroteros que las democracias post-industriales van tomando dejan al descubierto que ese esquema se desmorona, ya que la ideologización juega por momentos un papel cada vez más secundario. Son otro tipo de intereses los que priman: el romanticismo es abandonado progresivamente en favor del más puro pragmatismo.
Para ganar, hay que manejar con virtuosismo el marketing y las técnicas de venta; para vencer, hay que crear productos y "colocarlos". En efecto, la democracia de mercado no puede dejar de caracterizarse como un "mercado", y por ello, los partidos deben funcionar como empresas sometidas a la ley de la oferta y de la demanda.
Las formaciones hambrientas de beneficios más pingues tendrán que acomodar su estructura interna a un plan flexible de expansión, controlando mediando mecanismos fiables tanto los procesos que llevan a cabo como sus resultados. No obstante, las que únicamente cifren sus logros en el "resultadismo" sucumbirán a su propia ineficacia, pues hasta los más grandes iconos fenecen. En cambio, si se realizan adecuados estudios de mercado, análisis de grupos, medición de satisfacción popular, si se aplica el modelo DAFO (Debilidades, Amenazas, Oportunidades, Fortalezas), si se generan planes de contingencia y si se diseña un plan rector, entonces y sólo entonces es cuando se programará hacia el futuro, desligándose de la ideología burguesa del "corto plazo".
La planificación es fundamental para conocer cuáles son las estrategias a seguir, los objetivos a conseguir y las acciones a emprender. Si esto queda, en exclusiva, en manos de políticos profesionales sometidos a la rendición de cuentas hacia sus siglas comerciales, las victorias pírricas se sobrevalorarán en detrimento de los procesos afianzadores de resultados, más o menos, estables. En consecuencia, son los técnicos independientes, sin "amor" por ciertas causas, los sujetos más idóneos para esa labor. ¡Toda estrella se apaga!
Bien, comencemos. Hoy ya las siglas, a no ser por una serie particularidades que sean localizables en ciertos segmentos de población, a las que se les denomina técnicamente "clivajes", como son por ejemplo la procedencia étnica, la confesión religiosa o la profesión, de poco o nada valen; incluso en muchas ocasiones los clivajes no actúan en absoluto como factor determinante para la inclinación del voto.
Parecerá, asimismo, una perogrullada afirmar que toda formación política sólo tiene un objetivo: ganar. Sí, es cierto, aunque dicha evidencia se agota en sí misma en la subjetividad de quienes forman parte de la competición. Una cosa es "querer ganar" y otra muy distinta "saber cómo lograrlo".
Los partidos de cuño tradicional fijan con fuerza la preponderancia de su aparato frente a las bases y simpatizantes (y hace muy poco hemos tenido la ocasión de comprobarlo). De hecho, los nuevos derroteros que las democracias post-industriales van tomando dejan al descubierto que ese esquema se desmorona, ya que la ideologización juega por momentos un papel cada vez más secundario. Son otro tipo de intereses los que priman: el romanticismo es abandonado progresivamente en favor del más puro pragmatismo.
Para ganar, hay que manejar con virtuosismo el marketing y las técnicas de venta; para vencer, hay que crear productos y "colocarlos". En efecto, la democracia de mercado no puede dejar de caracterizarse como un "mercado", y por ello, los partidos deben funcionar como empresas sometidas a la ley de la oferta y de la demanda.
Las formaciones hambrientas de beneficios más pingues tendrán que acomodar su estructura interna a un plan flexible de expansión, controlando mediando mecanismos fiables tanto los procesos que llevan a cabo como sus resultados. No obstante, las que únicamente cifren sus logros en el "resultadismo" sucumbirán a su propia ineficacia, pues hasta los más grandes iconos fenecen. En cambio, si se realizan adecuados estudios de mercado, análisis de grupos, medición de satisfacción popular, si se aplica el modelo DAFO (Debilidades, Amenazas, Oportunidades, Fortalezas), si se generan planes de contingencia y si se diseña un plan rector, entonces y sólo entonces es cuando se programará hacia el futuro, desligándose de la ideología burguesa del "corto plazo".
La planificación es fundamental para conocer cuáles son las estrategias a seguir, los objetivos a conseguir y las acciones a emprender. Si esto queda, en exclusiva, en manos de políticos profesionales sometidos a la rendición de cuentas hacia sus siglas comerciales, las victorias pírricas se sobrevalorarán en detrimento de los procesos afianzadores de resultados, más o menos, estables. En consecuencia, son los técnicos independientes, sin "amor" por ciertas causas, los sujetos más idóneos para esa labor. ¡Toda estrella se apaga!
domingo, 12 de agosto de 2007
De asesores y políticos
¿Cómo perciben los políticos a sus asesores? Bueno, ésta parece una pregunta demasiado general, cuando no simple. En realidad, la respuesta depende del político y no del asesor, por lo que la interrogante se torna bastante compleja. Los rasgos psicológicos del político, su liderazgo en la formación y su capacidad de penetración en le tejido social determinarán sobremanera su disposición frente a sus asesores. Normalmente, el asesor suele prescribir fórmulas y actuaciones orientas por la prudencia, y también por la sagacidad, mientras que al político, pragmático por naturaleza, siempre le urge que los frutos maduren con rapidez, dejando la calidad de los mismos para mejores ocasiones.
Cuando existe una compenetración máxima entre asesor y político, destilándose incluso confianza personal, es la cohorte profesional que rodea al político la que puede ver amenazado su enclave, presintiendo neuróticamente pérdida de posición. Esta falsa percepción, que se vive como una experiencia muy angustiosa la mayor de las veces en defensa de no se sabe qué, tiende a incomodar gratuitamente la labor de quien protege los intereses de todos y cada uno de los que se beneficiarán de la victoria.
Resulta una exigencia imperativa que los miembros de cualquier equipo de campaña, comenzando por su máximo responsable, reconozcan que un asesor es, en todo momento, un recurso disponible, pero jamás competencia que entre en colisión con las aspiraciones del grupo. El político y su jefe de campaña deben coordinarse a la hora de establecer la necesidad de contactar con asesores externos especialistas no sólo en ciertos tipos de elecciones, sino también en ciertas materias sobre la misma. Distinguiendo entre "dirigir" y "conducir" una campaña, la experiencia demuestra que los políticos profesionales no son los mejores conductores, pues a veces las decisiones a tomar, aun no siendo plenamente vinculantes, involucran su destino personal en el seno de su grupo. Son los asesores quienes deben conducir, mientras que los políticos profesionales pueden dirigir.
Para que un asesor pueda dirigir conveniente los pasos de un político en una campaña, deberá conocer en profundidad la filosofía política que profesa el/la candidato/a. No es tarea de un asesor ocupar el lugar de los ideólogos, pero tampoco tiene que oponerse a los modelos socio-económicos y a los valores de quienes solicitan su servicios. Debe ser aséptico, desligando su visión personal sobre el mundo y la sociedad de su objetivo: ganar comicios.Un/a candidato/a clarividente sabe que las próximas elecciones comienzan cuando se cierran las urnas en el colegio electoral. Por este motivo, es de vital importancia recurrir a las enseñanzas de la historia política, que nos indica que quien desee alcanzar una victoria, ha de prepararla desde lejos. En consecuencia, hacerse con los servicios de un asesor a largo plazo es una exigencia fundamental para orquestar el porvenir. Como último apunte en esta breve serie, es un error mentir a un asesor, ya que siempre sabrá la verdad sobre los recursos con los que una formación cuenta para hacer su campaña.
Cuando existe una compenetración máxima entre asesor y político, destilándose incluso confianza personal, es la cohorte profesional que rodea al político la que puede ver amenazado su enclave, presintiendo neuróticamente pérdida de posición. Esta falsa percepción, que se vive como una experiencia muy angustiosa la mayor de las veces en defensa de no se sabe qué, tiende a incomodar gratuitamente la labor de quien protege los intereses de todos y cada uno de los que se beneficiarán de la victoria.
Resulta una exigencia imperativa que los miembros de cualquier equipo de campaña, comenzando por su máximo responsable, reconozcan que un asesor es, en todo momento, un recurso disponible, pero jamás competencia que entre en colisión con las aspiraciones del grupo. El político y su jefe de campaña deben coordinarse a la hora de establecer la necesidad de contactar con asesores externos especialistas no sólo en ciertos tipos de elecciones, sino también en ciertas materias sobre la misma. Distinguiendo entre "dirigir" y "conducir" una campaña, la experiencia demuestra que los políticos profesionales no son los mejores conductores, pues a veces las decisiones a tomar, aun no siendo plenamente vinculantes, involucran su destino personal en el seno de su grupo. Son los asesores quienes deben conducir, mientras que los políticos profesionales pueden dirigir.
Para que un asesor pueda dirigir conveniente los pasos de un político en una campaña, deberá conocer en profundidad la filosofía política que profesa el/la candidato/a. No es tarea de un asesor ocupar el lugar de los ideólogos, pero tampoco tiene que oponerse a los modelos socio-económicos y a los valores de quienes solicitan su servicios. Debe ser aséptico, desligando su visión personal sobre el mundo y la sociedad de su objetivo: ganar comicios.Un/a candidato/a clarividente sabe que las próximas elecciones comienzan cuando se cierran las urnas en el colegio electoral. Por este motivo, es de vital importancia recurrir a las enseñanzas de la historia política, que nos indica que quien desee alcanzar una victoria, ha de prepararla desde lejos. En consecuencia, hacerse con los servicios de un asesor a largo plazo es una exigencia fundamental para orquestar el porvenir. Como último apunte en esta breve serie, es un error mentir a un asesor, ya que siempre sabrá la verdad sobre los recursos con los que una formación cuenta para hacer su campaña.
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