viernes, 5 de octubre de 2007

En el limbo (aunque no exista)

Cuando en una estructura no fluye adecuadamente la información, ésta es débil, muy fácil de abatir. Y en muchas ocasiones, donde se produce el bloqueo informacional es justamente en la cúspide la pirámide jerárquica, pues cada vez el volumen de datos recibidos de su entorno tiende a ser menor, convirtiendo la estancia en la poltrona en un auténtico limbo. Cuando nos preguntamos atónitos "¿Cómo es posible que ocurra esto?", la respuesta con más viso de ser apropiada es la de que quien se tiene que enterar de lo que pasa, simplemente lo desconoce. Consecuentemente, cuando se decide a actuar, suele llegar tarde.

El "bloqueo informacional" en estructuras con un cierto grado de jerarquización puede venir dado por múltiples factores, pero el que más destaca, con frecuencia, es el que hace referencia justamente a quien está arriba.

Lo peor que puede ocurrir cuando se administra o se gobierna es autocrearse, pues ciertamente siempre se trata de una autogeneración, una torre de marfil que impida conocer qué se está viviendo de verdad en el exterior. Y por "exterior" debería entenderse no sólo lo que hay más allá de la estructura que se regenta, sino también en los diversos estratos de la misma.

Bien, ese bloqueo sin duda acaba impactando profundamente tanto en la productividad de los sujetos a la órdenes como en la consecución de resultados globales. A veces, la consecución de un logro, de un éxito, de una victoria únicamente sirve para prolongar la agonía de una dinámica que se autoconsume. En realidad, es un comportamiento estructural, ya sea institucional u orgánico, autodestructivo por completo.
Hagamos ahora una breve reflexión. Un líder o un jefe, que sea conocedor de los síntomas que se van revelando en este proceso, deberá actuar de inmediato. Miren, existe una regla de oro que se puede extraer de muchas experiencias históricas. Ésta es: la relación entre el grado de bloqueo estructural a nivel de información y ritmo de precipitación de las mismas es directamente proporcional. Por tanto, la caída se acelera a medida que el flujo disminuye, aunque en el seno de la organización o institución, y empresa, no se percibe por igual en todos los niveles. Aquí la razón se invierte, pues mientras más arriba nos encontremos menos conscientes seremos de que el edificio se tambalea y se desmorona.

Un líder, un jefe, al que sea difícil acceder y al que con gran excepcionalidad le lleguen ideas válidas desde los estratos inferiores; un líder que sea capaz de mostrar cierto desagrado si se cuestionan racionalmente sus decisiones; un líder, un jefe, que se valga siempre de los mismos confidentes, y que éstos a su vez sean su principal, cuando no la única, fuente de información; un líder, un jefe, que no dilucide consigo mismo, sembrando el desconcierto y la inseguridad entre quienes les rodean, estará tirando por la borda su presente, a la vez que sus posibles "validos" estarán firmando, aun sin querer reconocerlo, su finiquito.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Educar desde el poder: la asignatura pendiente.

Hay momentos en los que nuestros representantes deben disimular su euforia desmedida y no dar rienda suelta a sus convicciones con declaraciones poco beneficiosas para ellos y para los votantes. Aunque en el fuero interno se esté persuadido de una potencial verdad, por un lado razones de estrategia aconsejan callar y, por otro, el legítimo cuestionamiento moral de unas palabras también incita no sólo al silencio sino a la contrición una vez pronunciadas. Todos los que detentan el poder público, pero más aún quienes se sitúan de forma cercana a la ciudadanía en tareas de gestión y de administración, tendrían que moderar su ímpetu frente a situaciones gozosas, presentes o futuras, para sus conciudadanos, limitándose a disfrutar del momento como uno más, tratando de desprenderse de todo cálculo racional en pro de cualquier interés personal (aun cuando el análisis expuesto, y lo reitero, sea de lo más acertado).
El debate político desgraciadamente se simplificará a través de la descontextualización de expresiones que sirven para contestar desde la oposición la imagen de un gobernante frente al electorado, pasando a un segundo plano los asuntos de verdad importantes para la ciudad, aunque se vinculen oportunamente a posteriori con artificiosas analogías y comparaciones (esto es lo que un equipo de gobierno llamará entorpecimiento, bloqueo, deslealtad, etcétera). Desparecerán por ambas partes los argumentos y razonamientos convincentes y, lo que es peor, se olvida la dimensión ejemplarizante por la que se debería regir el poder público, desembocando en luchas aldeanas. Pero la educación democrática no deja de ser una responsabilidad más de nuestros políticos profesionales. ¿Por qué? El pueblo tiende a imitar con demasiada facilidad el modelo y el patrón de comportamiento de sus gobernantes. La política termina convirtiéndose en una cuestión de personalidad y no de ideas. Los partidarios y simpatizantes inamovibles de cualquier sigla cerrarán, así, filas en torno a su líder, negándose a poner en tela de juicio hechos y palabras. Unos, la oposición, denunciarán la patrimonialización de los aciertos; otros, el equipo de gobierno, se afianzarán en decisiones pretéritas para dar validez a medidas futuras. ¿Quién tiene razón? Instrumentalmente, ambos; éticamente, ninguno. Que es fácil vehiculizar sentimientos y emociones mediante signos de identidad, de eso no podemos dudar; al igual que tampoco de que la maniobra más primaria es atacar al adversario político valiéndose de sus mismas tácticas para confundir al electorado y provocar así un trasvase de votos. De esta manera, resulta una labor embarazosa ganar para cambiar.
El patrón de comportamiento de un político profesional puede llegar a adquirir diversas lecturas, por lo que no es homogéneo (jamás puede aspirar a serlo). Sin embargo, los que tocan el poder con la palma de la mano, es decir, quienes albergan auténticas opciones de ganar y gobernar se ven arrastrados a uniformar en muchos aspectos sus respectivos modus operandi. Por ello, la educación desde el poder debe sobreponerse a la estadía en el poder. Masa o ciudadanos, he ahí la cuestión.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Animales políticos

No dejo, en el mejor de los casos, de asombrarme, cuando no paso a la estupefacción o la más absoluta incredulidad al toparme con análisis sobre el proceder de los actores políticos, o de cualquier otra índole, centrados en una sola perspectiva: ésta es, la del actor en cuestión. Y enfatizo el hecho de que no deja de sorprenderme porque suelen ser exámenes a partir de los cuales se suelen sacar conclusiones de una forma altamente precipitada.
Sin embargo, escrutar la conducta de un individuo que ocupa un papel relevante en el tejido social no implica tan sólo describir lo que hace, sino en averiguar por qué lo lleva a cabo, con qué propósitos y qué otras alternativas tenía. En alguna ocasión que otra mis alumnos me han cuestionado sobre cómo es posible predecir, con cierto grado de exactitud, los movimientos que pueden llevar a cabo sujetos dentro de un esquema. La respuesta a este tipo de interrogantes nunca es fácil, pero cuando hablamos de relaciones de poder, siempre es factible bifurcarla en torno a dos sentidos: uno, que en verdad haya una finalidad, por lo que deberemos buscar razones racionales; dos, presumir que se trate de una acto reflejo, de "actuación en automático" sin objetivo preciso. Además de esto, también habrá que dilucidar si la acción emprendida es un medio o un fin en sí misma.
Pero incluso todas estas pesquisas podrían resultar insuficientes y, por tanto, ineficaces si no hemos realizado un estudio anterior, destinado a despejar toda duda acerca de cuál es la personalidad de los sujetos que abordamos.
Y esto resulta tremendamente importante, ya que conocer si, en efecto, un sujeto actúa en virtud de su propia percepción de los acontecimientos, o bien si se desenvuelve de acuerdo con la lógica expresada por sus adversarios, nos puede dar una imagen de su capacidad de penetración en la realidad y de su talento político.
Asimismo, el perfil psicológico de un personaje político atrae a unos seguidores y no a otros. Y, en bastantes ocasiones, el perfil es mucho más importante que la "marca". Éste es el motivo de por qué unos candidatos nunca serán ganadores, aunque el empeño y los recursos a su suposición sean vastísimos. La fuerza de los "clivajes" puede ser desactivada por el comportamiento del propio candidato. Es decir, no es paradójico que un candidato, sin ser consciente de ello, se haga campaña en contra.
De igual manera, si se estudia con detenimiento la modelación de los distintos discursos, se podrá observar cómo se potencia determinados rasgos narrativos que se corresponden con la personalidad exteriorizada, aunque también se revelará quién hay detrás. Los lapsus en el transcurso del discurso oficial muestran con qué lentes se está mirando y cuáles son las intenciones profundas de las palabras. Muchos pasan desapercibidos, si bien otros son clamorosos.
Por tanto, hay sujetos que son "animales políticos" natos, mientras que la mayoría, por el contrario, precisa de un entrenamiento muy exhaustivo. Ambos fracasarán si unos no sabe dominar sus potencialidades y poner en práctica sus facultades, o si los otros no son conscientes de sus limitaciones.

lunes, 24 de septiembre de 2007

NEOCON

El propósito de este artículo no es otro que poner de manifiesto las diferentes estrategias que siguen los distintos grupos neoconservadores en Estados Unidos para implantar su hegemonía. Como se habrá observado, quizás sea llamativo y concentre -desde el principio-poderosamente la atención el hecho de sostener la existencia de heterogeneidad en esa parcela creciente de la derecha estadounidense denominada neo-conservadurismo. Aun cuando podamos detectar ciertos denominadores comunes, bien es cierto que los puntos de vista para el análisis, los fundamentos teóricos para la construcción de respuestas (muchas veces holísticas) y, en consecuencia, las apreciaciones sobre unos mismos hechos difieren en los principales intelectuales neocons. Asimismo, no deja de resultar paradójico que la contrarrevolución cultural (que tiene lugar en el seno del Partido Demócrata tras la derrota en 1972 del presidenciable McGovern junto al nacimiento del Team B alentado por Nixon desde las filas republicanas hasta la tercera reaparición hoy día del Comité de los Peligros Presentes) ansía la hegemonía -revestida de excepcionalismo (aunque no-wilsoniano- no sólo en el ámbito doméstico sino también en la arena global: a saber, me estoy refiriendo al tercer dogma de la Doctrina Bush-Blair o hegemonía benevolente. La ironía radica en que el concepto crítico gramsciano de hegemonía cultural, como vía e instrumento de dominio, es puesto al servicio de quienes él consideraría sus letales enemigos políticos.

Pero, ¿desde dónde se empieza a construir la hegemonía? Cualquier arquitectura hegemónica precisa de distintos pilares para su sostén: instituciones, medios de comunicación que crean y expandan opinión, recursos financieros y, sobretodo, intelectuales preferiblemente no sólo orgánicos sino también íntimamente convencidos de sus creencias, de manera que gesten un discurso demoledor desde el punto de vista emotivo y conductual, inoculando un mensaje muy determinado. El movimiento apadrinado por Irving Kristol, quien define al neoconservadurismo como "liberalismo atracado por la realidad" y como "persuasión", dispone de todos los medios imaginables a su alcance: centros de pensamiento o think tanks, mass medias, fuerte inyecciones dinerarias y una pléyade de autores bien preparados especializados por áreas; en suma, denota una innegable planificación logística.

Bien , vayamos por partes. ¿Qué es un think tank? Resumidamente, podríamos definirlo como una organización, cuyos fines estatutarios están dirigidos a investigar problemas de interés político, comercial o militar. La forma jurídica que suelen adoptar es la de asociación sin ánimo de lucro que sobrevive gracias a las aportaciones que permite la indulgencia de la Ley de Donaciones vigente en cada país. Incluso, hoy, los institutos universitarios también sirven a las necesidades de sus bienhechores, privatizándose así la investigación universitaria y -en ocasiones, permítanme la licencia- convirtiéndose la universidad en filial de alguna empresa. Grupos de presión, gobiernos y partidos políticos se valen de los análisis y propuestas de estas organizaciones para el diseño de sus políticas y/o alternativas. Pero la expresión think tank no siempre tuvo este significado: originariamente, era la jerga utilizada para designar el espacio físico que ocupaban los estrategas militares para discutir sus planes de guerra. Bien, en la actualidad los estrategas militares o han sido sustituidos por analistas civiles, o están siendo acompañados por éstos en una tarea compartida: esto es, diseñar un ideario para prevalecer. Hilando con esto último, no se debe despreciar el hecho de que un think tank es en esencia una factoría productora de ideas, con las que compite en un mercado: el mercado de las ideas. Pero, para prevalecer, producir ideas sólo es condición necesaria; entonces, ¿cuál es la condición suficiente? Saber venderlas. Los think tanks más importantes y prestigiosos han encontrado las vías más propicias para dar el salto desde el mercado al marketing. Así pues, los mass media se convierten en una prolongación o segmento de los think tanks. En suma, los emporios mediáticos se revelan como periodismo de parte, con lo cual la información veraz no deja de ser una entelequia.

Los principales think tanks conservadores, plegados al neoconservadurismo, son la Heritage Foundation, el American Enterprise Institute, el Project for the New American Century, el Mahattan Insitute, la New Atlantic Initiative y la Foundation for Defense of Democracies. Todos coinciden en su carácter ampliamente contrailustrado y en la lucha contra el liberalismo clásico estadounidense, favoreciendo la siguiente trilogía de valores, Dios, Patria y Familia, como pilares de la grandeza nacional sobre la que reside el carácter excepcional del pueblo norteamericano. Es el retorno a lo principios fundadores de la Nación, lo que Francis Fukuyama denomina la Gran Reconstrucción.

Si todo conservador anhela la instauración de un mercado libre de ataduras, o sea, que el tráfico mercantil sea reflejo de una sociedad civil fuerte, los intelectuales neoconservadores -siguiendo a Carl Schmitt o Maquiavelo- ponen en lugar de la sociedad civil al Estado, que -aunque éste se muestre Mínimo- debe ser hercúleo (de ahí las leyes liberticidas tras el 11/S, restrictivas de derechos fundamentales, que vulneran algunas de la Enmiendas constitucionales más básicas).

¿Por qué para los neoconservadores resulta una cuestión clave el control del mayor número de los medios de comunicación? Tras la senda de Leo Strauss y de su discípulo Allam Bloom, conciben al hombre de la calle como un elemento a manipular, ya que carece de formación para hallar el sentido esotérico de los acontecimientos y de los venerados textos y mitos fundacionales estadounidenses. Creen firmemente en el elitismo, que no sólo heredan de Strauss y Bloom sino también de la influyente obra de James Burnham The Machiavellians: Defenders of Freedom. De hecho, Paul Dandy Wolfowitz en 1992, a lo largo de velado informe "Guidance Planning Defense" (tributario de las enseñanzas de la Doctrina Truman) y en 2000 "Estadismo para un nuevo siglo" en Peligros Presentes (la biblia reconocida de la persuasión neoconservadora) defiende el viraje del maquiavelismo político hacia prácticas que alimenten lo que Kennedy denominó el triunfo de la libertad. Es más, en el AEI, Michael Leeden, ha publicado un estudio acerca de cómo los principios de la teoría maquiavélica pueden ser aplicados para la mejora de la democracia. ¿Cuál es, pongamos por caso, el precedente del "cambio de régimen" en la Doctrina Bush?

La razón de Estado reconducida a liberar a pueblos de la opresión de regímenes tiránicos. ¿Y la virtud del príncipe? Saber discernir entre peligros y oportunidades, de modo que sea posible explotar las oportunidades en beneficio del interés nacional, así como evitar (mediante la doctrina de la anticipación) daños a los intereses de Estados Unidos. Así, fundiendo en un mismo crisol la arquitectura teórica de Maquiavelo y los valores de la Constitución republicana de 1776, se obtiene un cóctel explosivo: el liderazgo mundial mediante la hegemonía benevolente.

La saga Kristol, Kagan y Kaplan, reunidos en torno a varios mass media y Think tanks (por ejemplo, Encounterbooks con íntimas relaciones con el PNAC, donde el cargo de Director del Project es fácilmente intercambiable por su homólogo en la Editorial, como es el caso de William Bennett), asumen la evidencia de que si los medios de comunicación han propiciado la decadencia moral de la sociedad norteamericana, los culpables de dicha situación son los liberales. Por tanto, no sólo hay que procurar expulsar a esos corruptores de sus puestos de responsabilidad, sino también se debe contra-atacar con publicaciones pedagógicas, emisiones radiofónicas y televisivas que capten la atención del lector, del oyente y del espectador medio, a través de contenidos incisivos, donde los predicadores de la verdad neoconservadora guíen de nuevo al rebaño perdido.

Entre las publicaciones periódicas, hemos de distinguir dos tipos por razón de su naturaleza y de su target: por un lado, las divulgativas; por otro, las doctrinales (sin olvidarnos de las colaboraciones asiduas en rotativos de máxima reputación). La intención, en consecuencia, se basa abiertamente en alcanzar la máxima amplitud posible de público para irradiar la buena nueva. A su vez, entre las publicaciones divulgativas, podemos establecer una dicotomía: periódicos y revistas. Muestra de los primeros, en papel impreso, el New York Post, mientras que en formato electrónico The Nation y The New Republic; de las segundas, la dirigida por William Kristol (el hijo de Irving Kristol), The Weekly Standard, junto a la comandada por Hilton Kramer The New Criterion.

Pero, so pena de resultar reiterativo, no hemos de desatender la circunstancia de que hay que granjearse la simpatía de cada vez nuevos y más acólitos, los creyentes de la noble causa de la regeneración cultural de Estados Unidos y, posteriormente, del mundo, "los amantes de la libertad" en palabras de Natan Sharansky. Para ello, los creadores de opinión neoconservadores también disfrutan de su nicho en rotativos serios de reconocida influencia y alcance como The Wall Street Journal, Washington Post o Financial Times. Ahora bien, desde un punto objetivo, es una empresa muy simple demostrar -antes de la controvertida elección presidencial de 2000- la presencia abultada de articulistas neocons ligados a think tanks de primer orden como el archiconocido Robert Kagan, el autor del bestseller "Of Power and Paradaise", o la afilada pluma de Ellen Bork. No obstante, la nómina de columnistas es extensa, pero me atrevería a destacar los siguientes nombres por su redomada labor de proselitismo: Steve Dunleavy, Michelle Caulkin y Maggie Gallagher. En el mundo de las ondas destacan Bob Grant, de la cadena WOR, Mike Savage, de la TALK, y Laura Schelessinger (o la Dra. Laura como gusta llamarse), de la SATELITE RADIO. ¿Y la televisión? El inestimable espaldarazo de Rupert Murdock, Director Ejecutivo de NEWS CORPORATION, resulta de vital importancia: SKY TELEVISION y FOX NEWS CHANNEL con Ann Coulter, Rush Limbaugh, Bill O'Reailly y Pat Robertson. Creo que no debe causar ya sorpresa la afirmación de que The Weekly Standard y, entre otros, el rotativo New York Post también forman parte del grupo mediático de Murdock.

Pasemos revista a las principales publicaciones doctrinales y a los think tanks respectivos que las edita:

Policy Review, publicada por la Heritage Foundation. Esta organización, localizada en Washintong D. C. ejerció una notabilísima influencia en la Administración Reagan, creando para el ya desaparecido Presidente la expresión "Imperio del Mal", sugiriéndole el abandono de las políticas de contención y la construcción de un escudo antibalístico. Sus intelectuales también colaboraron en el desarrollo de la "Expanding Soviet Empire Theory", que hacía a la antigua URSS culpable directa de forjar un imperio mundial de terror y de desestabilización. Miembros destacados: Richard Allen, Paul Bremer, Edwin Meese o John Lehman. Commentary Magazine, editada por el American Jewish Committee, su línea editorial está caracterizada por una apasionada apología de Israel, oposición al Estado palestino y defensa del unilateralismo. Norman Podhoretz, la segunda leyenda viva del neoconservadurismo, ha sido su editor durante muchos años con Irving Kristol. A modo de anécdota: los hijos de ambos cofundan The Weekly Standard. Uno de sus activistas más prominentes es Harold Turner. The National Interest, fundado por Irving Kristol en 1985 y publicado por el Nixon Center (por tanto, no resulta extraño que su Director de Honor sea Henry Kissinger), revista en la que ha dominado tradicionalmente la línea (neo)realista en relaciones internacionales. La publicación antagónica de The National Interest es Foreign Affairs, publicada por el Council on Foreign Relations.

Todavía quedan algunos think tanks por abordar:

1) American Enterprise Institute for Public Policy Research, 1943, firme abogado de la libertad negativa -limitación del gobierno, empresa privada, política exterior agresiva y defensores de las instituciones culturales y sociales más vitales-. Junto con el Project, que revisaremos a continuación, es uno de los adalides de la Doctrina Bush. Miembros destacdo: un panel realmente inmenso, entre oros: David Frum, Richard Perle, Lynne Cheney, Reuel Marc Gerecht, actual Director del Project, Jeane Kirkpatrick (2º PDC), Joshua Muravik, Michael Novakm Charles Krauthamer o Michael Leeden. Dispone de un imponente servicio de publicaciones. Todos sus miembros colaboran asiduamente en la prensa nacional e internacional.

2) Project for the New American Century, 1998, Washington D.C., creado por iniciativa de la Sarah Scaife Foundation, la John M. Olin Foundation, la Bradley Foundation. Entre sus integrantes se incluyen relevantes miembros de la Administración Bush y del Partido Republicano: Richard Armitage, William J. Bennett, Jeb Bush, Ellen Bork (esposa de Robert Bork), Dick Cheney, Zalmay Khalilzad, Lewis Libby, Richard Perle, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz.

3) Manhattan Institute for Policy Research, 1978, New York, dedicado a la promoción de nuevas ideas que favorezcan el crecimiento económico y fomenten la resposabilidad individual. Miembros Fareed Zakaria; Peggey Noonan, William Kristol. Generador de la Doctrina Guliani o toleracia cero, popularizada por Charles Murry.

4) Foundation for Defense of Democracies, 2001, Washington D.C., orientada hacia la deteccción y análisis de las causas que originan las amenazas terroristas a nivel mundial. Miembros conservadores: James Woolsey, Newt Gingrich, Steve Forbes, Jack Kemp; liberales: Donna Brazile, Charles Schumer y Frank Lautenberg.

5) National Endowment for Demecracy, 1983, cuyo objetivo es la preparación de líderes democráticos y evitar la corrupción en las políticas gubernamentales. Miembros destacados: Robert Kagan o Francis Fukuyama. Publica Journal of Democracy.

Fuentes de Financiación:
a) John Olin Foundation (industria química y militar)

b) Sarah Scaife Foundation (finanzas e petroleo)

c) Bradley Foundation (defensora ultraza del libre mercado)

d) Otras: AOL Time Warner y Microsoft.

Universidades: Yale, John Hopkins (sobresalientemente).

Para no aburrir en exceso, voy a dejar de la lado la factoría Hollywood (el ojo por los que los norteamericanos ven el mundo y el cristal por el que el mundo percibe a Estados Unidos).

Para terminar, como aseguró Charlotte Beers, Secretaria de Diplomacia en La primera Administración de George W. Bush (exdirectora de las mayores Empresas de publicidad de Estados Unidos, Ogilvy & Mather y J. Walter Thompson, "Toda la idea de crear una marca consiste en establecer una relación entre el producto y sus usuarios... Tendremos que divulgar las cualidades intangibles de Estados Unidos, tales como nuestro sistema de creencias y nuestros valores". He aquí la marca "Estados Unidos".

lunes, 17 de septiembre de 2007

¡Qué difícil lo ponen!

En el horizonte se atisba todavía lejos la próxima cita con las urnas. Bueno, lejos para la ciudadanía, pero no para quiénes se la juegan. De hecho, la maquinaria ya se ha puesto en marcha; mejor dicho, jamás se ha parado. El descanso se paga, y ejemplos hay sobrados.
La pregunta que siempre es planteable no es otra que la con qué nos van a deleitar esta vez. ¿Tendrán la suficiente imaginación como para esgrimir fórmulas novedosas? ¿Deberemos soportar "más vino viejo en odres muy caducos"? ¿Hasta dónde serán capaces de llegar para "encantarnos" y hacer que nos contorneemos al ritmo de una flauta? ¿Oiremos únicamente lo que estemos deseosos de escuchar?
Quizás tengamos que enfrentarnos ante un dilema y, posteriormente, ante una disyunción. En primer lugar: votar o no votar, he ahí la cuestión. En segundo lugar, una vez decidida la opción de ejercer el derecho al voto, ¿a quién votamos? El abanico de respuestas también se cierra: o a una marca o a otra; o bien, "voto protesta" a favor de formaciones desconocidas; o bien, en blanco.
Si estamos ilusionados, pues nos inclinaremos por lo tradicional. Si estamos desilusionados, lo más seguro es que nos iremos a pasar un buen día de descanso con la familia; y por favor, que no nos molesten. La cuestión es que, entre unos y otros, no colaboran demasiado, y llegan a aburrir.
¿Tendremos una participación similar a la francesa? ¡Ojalá!, pero va a ser una tarea ímproba. La gente tiene que percibir que algo puede cambiar. No ha de entenderse esto como "competitividad electoral", o sea, posibilidad de cambio en el partido que gobierna. No, más bien, independientemente de quien gane, si "el cambio" es de verdad posible.
Ningún político responsable deberá interpretar la abstención como un signo positivo, como la manifestación de que todo va bien. La abstención sólo muestra descontento, ya que los "índices de no-voto" son la representación del ejercicio negativo del derecho de sufragio activo.
No querer votar implica muchas lecturas. Sin embargo, es posible que la que más sobresalga sea la de que, aun participando por omisión al aceptar, eso sí, explícitamente las reglas del juego, se envíe un mensaje de disconformidad con los esquemas existentes. Todo se reduce a una mera cuestión de utilidad. Si llegamos al convencimiento de que nuestro voto, a nivel particular, no maximiza la utilidad del sistema, entonces, con casi completa seguridad, ese modo de política no nos vinculará. En cambio, si a la interrogante del para qué, damos una réplica positiva, nos acercaremos al colegio electoral.
Lo único que espero, como amante de la democracia, es que no se materialice la predicción de mi amigo, y radical demócrata, Francisco Rubiales en Periodista Digital: "Las próximas elecciones españolas... no serán una cita para demócratas sino para fanáticos, para esos ‘hooligans’ de la política que, de manera insensata, han creado los partidos políticos..., capaces de apoyar a los suyos ’hasta la muerte’ y de odiar al adversario ‘hasta la demencia’."

lunes, 10 de septiembre de 2007

Ideología y táctica

Nadir debería basar una campaña política en razonamientos presididos por un sesgo ideológico. Y ¿por qué? Justamente el gran problema de la política caduca radica en la ideologización, es decir, en crear discursos basados en narrativas que idealizan una cierta visión del mundo, y por lo tanto, banalizan el mundo real. Toda ideología tiende a ser excluyente, a absolutizarse, exigiendo sus comisarios que los individuos vivan de acuerdo con los cánones que una cierta elite designa. Es más, el concepto “ideología”, supuestamente liberador, emancipador de las conciencias dominadas, cuando se aplica sobre sí mismo, se descubre que es tan alienador, cosificador y esclavizador como las presuntas ideologías de las que nos dice liberar.
En las democracias modernas posindustriales la utilización de argumentos ideológicos ya no sirve, no es eficaz. Los partidos que se ideologizan en demasía se alejan del estado ideal electoral en el espejo político: el centro. Esto es, mientras más “centrado” es el discurso de una formación política, más adeptos gana. A los ciudadanos no les importa la ideología, sino qué medidas se van a tomar para resolver las dificultades que les acucian. Un razonamiento sesgado y falaz es prometer aquello que se sabe que no se puede cumplir en un ámbito determinado. Un razonamiento sesgado y falaz es recurrir a argumentos ideológicos como fundamentos para propuestas electorales.
Hoy, en nuestras democracias, y de todos es conocido, los partidos son maquinas de competición. Si el objetivo es el triunfo electoral, raya en lo absurdo la ideologización, porque se retrocede. Las personas, su dedicación a la gestión pública, junto con el empeño y el cariño percibidos, son los factores decisivos. Las siglas grosso modo ya no representan más que los que los líderes prefieran.
Pero una cosa es el discurso y las personas, y otra muy distinta la acción y la gestión. Si la persona que representa una opción no esgrimiese un discurso coherente que la posicionase distintamente frente al resto, y se percibiese por parte de su potencial electorado que se trata de declaraciones construidas a través de un estrecho corsé según las expectativas detectadas, entonces el comportamiento electoral puede ser devastador.
Ojalá la próxima campaña política no se ideologice. Hechos, hechos y más hechos. Presentar un balance de lo conseguido es el mejor argumento racional y razonable para convencer, ya que se exhibirán los elementos probatorios. Se ha de apelar a los sentimientos, pero también a la esfera racional. La ideología desata emociones que repudia la razón, y en este sentido los ciudadanos acabamos hartos de discursos fáciles para arrancar un efímero aplauso y de poses artificiales que no se pueden disimular por mucho tiempo. “Quod natura non dat, Salmantica non praestat”, ¿recuerdan? Pues bien, si no se tienen aptitudes, el hecho de hacer carrera política no te las facilita. Apelar sin cesar a la ideología para encubrir un mero tacticismo conduce a la marginación, o a la extinción, paulatinamente. No es recomendable.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Tiempo y política

Es cierto que el tiempo no pasa igual para quien detenta el poder que para el resto de los mortales. La noción del mismo es diferente en razón de múltiples factores que atosigan a los mandatarios. Sin embargo, es algo muy común en los liderazgos altamente consolidados y de larga duración que el tiempo sea un elemento a despreciar. Miren, el tiempo en política vale más que cualquier otra variable. ¿Por qué? Es bien fácil la respuesta: acelerar o dilatar las acciones y procesos puede equivaler, según la visión miope de muchos, a debilitar la posición de elementos humanos mantenidos consciente, pero absurdamente, en la recámara. En definitiva, el tiempo político adquiere el valor de las ventajas que eres capaz de lograr en carrera con tus adversarios internos y externos; y esto significa información.
Resulta demasiado triste advertir cómo nuestros políticos dilapidan su superioridad temporal al encerrarse en contemplaciones erradas, minusvalorando a sus opositores y tornando sus fortalezas en debilidades. Si únicamente un político sabe ganar, pero no es hábil en gestionar la victoria, su paso por la historia, aunque se mantenga prolongadamente en el poder, será, al final, ninguneado por sus contemporáneos y por aquellos que, posteriormente, sólo recuerden sus aspectos más jocosos y chistosos.
El tiempo crea mitos, si bien es un peligro mortal convertirse en uno de ellos. Ser un referente histórico implica más aspectos negativos que positivos, sobre todo en caso de desnudar frente a todos el deseo de "pasar a la historia" como una figura irrepetible. En efecto, esto es algo que se termina consiguiendo, porque al ahondar en la trayectoria de los individuos, se observa todo un paisaje maculado que acaba por tachonar la imagen artificiosamente construida. Una cosa es la imagen pública y la propaganda, y otra muy distinta el trato privado con los auténticos sujetos. ¡Cuánta distancia entre ambas circunstancias!
¿Qué termina provocando todo esto? No hemos de caer en el simplismo, mas, en principio, se podría afirmar que hay dos ingredientes a atener en cuenta. Por un lado, la autocomplacencia del poderoso en la percepción de que es la "única fuente" de la que se puede acudir a beber; un yerro de colosales proporciones que libera una deriva destructiva y agónica en el tiempo político del "incauto". Por otro, toda autocomplacencia supone el principio de la eliminación: el tiempo, incluso sin ser consciente, comienza a correr en contra: abandonos, rupturas, equivocaciones excesivas, críticas fáciles, indefensión aprendida de voluntades dependientes, hostilidad progresiva desde todos los ámbitos, ... El reloj de arena se acelera por el propio desdén, la propia insensibilidad y el propio desprecio.
Sun, Bin y, antes que ellos, Li, todos dominadores del arte de la estrategia y de la psicología del poder, se percataron de que la ingratitud de un soberano preludiaba el ostracismo de su reino. Cuando sus generales, tras la victoria, no eran recompensados de acuerdo con la esperada "rectitud" y con proporcionalidad a la "palabra dada", entonces el enemigo había conquistado un arma poderosa.

lunes, 27 de agosto de 2007

Cainismo

Cainismo

Una de las condiciones básicas y primarias para trabajar con éxito en la arena política, sobre todo si se tiene expectativas de éxito a medio plazo, no es otra que contar con un buen equipo que respalde con su dedicación esmerada y su acierto continuo a un futuro candidato. Así, valga de ejemplo, éste es el motivo por el que no es recomendable fraguar una candidatura poco antes de un comicio. Cuando se pone en marcha la "guillotina" para deshacerse del pasado, lo más normal que ocurra es que se decapite a un capital humano inestimable, experimentado y curtido en mil y una batallas. En bastantes ocasiones, se utiliza el mensaje de la "renovación" como cobertura de las verdaderas intenciones, si bien tan sólo es cuestión de tiempo, un periodo menor de lo que comúnmente se piensa, descubrirlas.
El jacobinismo en una formación política conduce, de manera inexorable, a una progresiva lucha de facciones. Sin embargo, ésta puede permanecer temporalmente latente en caso de que ese partido (esto es, sus jerifaltes) disponga de los medios materiales necesarios para acallar las voces insatisfechas, y que pocas veces serán críticas. Esto en la práctica recibe la denominación de "contentar a los contrariados". Sin embargo, es una forma no de anular a la oposición interna, sino de ralentizar el enfrentamiento. Se trata de un principio que podríamos bautizar "Mientras que haya pan, habrá paz".
Ya que estamos con el tópico de la Revolución Francesa, alguien tiene que desempeñar el papel de las clases desfavorecidas fácilmente instrumentalizables. ¿Quiénes serán los ‘San Culottes’ preocupados sólo en sobrevivir o malvivir? Son auténticos antropófagos políticos por obligación, que vienen temporalmente a ocupar el lugar dejado por los otrora encumbrados correligionarios. Jamás tendrán voluntad propia, y únicamente se afanarán en "salvar sus muebles" a costa de sus iguales. Pero la política se caracteriza porque tiene mucha memoria, quizás demasiada, más de lo deseable. De hecho, es terriblemente vengativa y cainita. La guillotina, se solía decir en la etapa del Terror, es un espejo en el que el verdugo se refleja como víctima. Los clamores que animamos hoy para bajar la afilada hoja, mañana los escucharemos arrodillados en el grillete mientras un cortante silbido recorre la distancia hasta el cuello. En definitiva, de la práctica del canibalismo político no hay salvación.
Los ‘San Culottes’ profesionales moran en la política como un parásito en un huésped, minando de modo progresivo la salud del mismo. Ahora bien, siempre es una ventaja contar con "carne de cañón" que poder ofrendar llegada la ocasión. ¡Qué más da distinguirse mediante una escarapela estampada con unos colores u otros! La dependencia se acentúa y el margen de actuación disminuye..., siempre buscando pan para saciar estómagos agradecidos o cadalsos que encierren oportunidades tras los defenestrados.
Los ‘San Culottes’, por tanto, no pueden conocer la compasión con sus pares, tan sólo la sumisión ante su protector y esperar su momento.

miércoles, 22 de agosto de 2007

¿De cara a la galería?

¿Qué es lo que se debe hacer con un documento político que, por su propia naturaleza, carece de imposición legal? Pues aunque parezca que estoy preguntando de qué color es el caballo blanco de Santiago, la pregunta resulta más que pertinente. Bien, la respuesta es clara: tan sólo cabe implementar un uso político del mismo, nada más.
El Acuerdo sobre un código de conducta política en relación con el transfuguismo en las corporaciones locales podría llegar a representar uno de los ejemplos más claros de lo que acabo de exponer. Siempre asaltan interrogantes, y esto es bueno porque, como ciudadanos, nos mantiene en alerta. Ya desde la propia denominación del mismo se hace explícita la intención que alberga en la voluntad de las partes firmantes del mismo: es decir, el ejercicio de la buena voluntad. Pero ¿y cuando ésta falta? Los distintos partidos nos surten de casos en contrario, por lo que resulta un arma arrojadiza de discutible efecto.
El problema del transfuguismo no se arregla con la simple denuncia intermitente de unos y de otros, según vaya soplando el viento. Todo lo contrario, el problema del transfuguismo no encontrará una solución hasta que las formaciones reconozcan que, cuando algún representante ha traicionado su lealtad política en detrimento de la voluntad popular, siempre se obtiene un beneficio claro por parte de otros, y que dicha mecánica no ayuda al sano funcionamiento exigible a una democracia representativa.
El transfuguismo, al contrario de lo que enuncia el Acuerdo no debe ser "aislado", sino erradicado, eliminado via legislativa. La utilización de la Ley es el único recurso que resta para curar a nuestra democracia de uno de sus males endémicos. Ahora bien, si todos tienen la ocasión de beneficiarse, de una forma u otra, en un sistema de partidos, donde únicamente importa tener la mayoría, la condición de "víctima" es realmente circunstancial, pues "nadie estará libre de pecado" para exigir con pulcritud el acatamiento y cumplimiento de un decálogo ético. La tentación siempre estará presente.
Las formaciones, por su dinámica y también por la esencia del sistema, es imposible que posean conciencia moral. Únicamente los sujetos que la conforman podrán actuar de contrapeso de sus propios compañeros para demandarles respeto por la voluntad popular, aunque renunciar a debilitar al contrario implique la no percepción de ganancias inmediatas.
Una de las razones de la abstención en nuestro sistema es justamente la visualización de la omisión de deber de lealtad política, dejando a los electores, a los ciudadanos, en un lugar poco deseable, en la más pura indefensión.
Nuestra clase política tendría que hilar más fino, ser no sólo consciente del dificultad, sino también de la imperiosa necesidad de difundir pedagogía democrática, arbitrando los medios para que la voluntad popular, nacida libremente en las urnas, no se vea truncada por acciones particulares, que suelen ser reprendidas en actos solemnes. Esto sólo no es suficiente. La opinión pública no puede acostumbrarse a dar todo por perdido. Cuando esto suceda, entonces adiós.

lunes, 20 de agosto de 2007

Seguidismo y libertad

Una democracia verdaderamente sana demanda la presencia de ciudadanos con vocación crítica. Sin evaluación, comprensión, apreciación y análisis desprovistos de prejuicios, sólo caminaremos por páramos estériles. Lo peor que puede ocurrir a quienes profesan “pasión por la democracia” es tener que dialogar con sujetos que tengan tan idealizada la estampa de cualquier dirigente o formación política que sea suspendido todo juicio negativo en torno a los mismos, aunque los hechos objetivos sean aplastantes. Estos acólitos, estos creyentes, estos fervorosos adoradores describen el perfil del votante idóneo, pues -aun cuando la realidad camine en sentido contrario- no es necesario esfuerzo alguno para convencerlos de lo inverosímil. Confunden la capacidad política con la habilidad de improvisar salidas por la puerta de atrás mediante figuras retóricas de fácil aprendizaje. Se embelezan con los estudiados movimientos, ademanes y contorneos de sus líderes en los estrados. Caminan tras imágenes perfectamente diseñadas por equipos profesionales que buscan la identificación con el mayor número de individuos posibles para cada ocasión. Esperan encontrar la senda hacia el Paraíso en las intervenciones de los oradores con anhelo de salvación. Estos devotos no precisan discursos racionales y programáticos, basados en datos; únicamente se conforman con las migajas de encendidas arengas populistas, emotivas y pasionales. Están dispuestos a aplaudir ante el más mínimo estímulo: las pausas estratégicas establecidas en las intervenciones a la mayor gloria del predicador y del partido. ¿Cómo afianzar esta cantera? La historia es un innegable hervidero de traumas. Cada pueblo, nación o Estado se eleva sobre un conjunto creciente de sucesos lesivos. La instrumentalización política de los “traumas históricos” provee de un arsenal mortífero a aquellos que saben valerse del mismo con virtuosismo. La concepción de las plurales opciones partidistas presentes se filtran desde categorías, conceptos y actos del pasado, evitando así que se restañen heridas, mientras que la reflexión racional cede su lugar a la más aborrecedora visceralidad. No se trata de olvidar sino de redimir con justos reconocimientos y ceremonias reconciliadoras de desagravio. Ésta es la “memoria histórica”, que no tiene que ser experimentada hasta el infinito como un trauma, heredando torticeramente unos los pecados de otros. Alimentar con acritud y soflamas los mensajes a la ciudadanía no ayuda a crecer democráticamente; incluso encierra una contradicción interna bastante ostentosa como para pasar desapercibida: avivar traumas rentables políticamente implica un declive democrático, al unidimensionar los contenidos del debate ciudadano (tan alejado del institucional), actuando como pantalla para otros problemas más acuciantes. Hurtar el auténtico debate a través de prácticas que hieren el espíritu democrático no sólo es deshonesto sino poco enriquecedor. Los entusiastas, fanáticos, idólatras y admiradores –en suma, los fans de las siglas- terminan robando el espacio a los ciudadanos autónomos, libres y responsables que desean hacer del espacio público su morada, no la de los políticos profesionales y sus hipnotizados seguidores.

viernes, 17 de agosto de 2007

Moneda de cambio

Después de cada convocatoria electoral nos toca vivir cansina y hartamente un "déjà vu". Comienzan los "intercambios de cromos". Si ustedes los prefieren, podemos acudir a la conocida expresión latina "do ut des". No importa lo refinados que nos queramos poner, pues todos sabemos sobradamente a lo que nos estamos refiriendo. En este consistorio me faltan concejales para asegurar "mi gobierno", no pasa nada, ya que se pone en práctica la forma de intercambio más primitiva: el trueque. Se canjea un pueblo por otro o se tienta (que en argot significa "se establecen contactos") con sujetos caracterizados por su consentimiento elástico, y problema resuelto. Pero ¿la voluntad popular? ¡Que malsana es la costumbre de importunarnos con preguntas desagradables! En un sistema partitocrático se volatiliza con escandalosa facilidad.
El hecho objetivo es que se trata de ocupar poltronas, de manera que los mapas adquieran tonalidades cromáticas asociadas con las distintas formaciones en competición electoral. Es el "hambre de sillón", una avidez que en estos días que corren pertrecha las alianzas más inverosímiles. De hecho, "Roma paga a quien haga falta", y el Emperador y sus acólitos se regocijan en una auténtica bacanal de pactos. No hace falta desplegar una gran imaginación para sellar acuerdos: póngase encima de la mesa cargos remunerados por el vil metal y súbitamente se revelará un efecto narcotizante sobre ideologías y morales.
En realidad, la formación que se beneficia más de esta forma de hacer política no es otra que la disponga de más implantación institucional, ya que tendrá a su disposición recursos económicos suficientes como para asegurar la gobernabilidad de "sus territorios imperiales" mediante sátrapas que, en su gran mayoría, se saben de antemano no aptos para el cargo, pero he ahí la ventaja. Y éstos no dudarán, porque nadie en su sano juicio pondrá en peligro su puesto de trabajo hasta la próximas elecciones.
¿Se han cuestionado alguna vez lo rentable que sale crear un grupo independiente que se convierta en bisagra para formar mayoría? Parece una "contradictio in terminis", y lo es, pero hasta podría ser un negocio redondo. Ahora que está tan de moda eso del autoempleo, ¿qué mejor fórmula? Si se consiguen los concejales suficientes, entonces sólo cabe esperar relajadamente propuestas y elegir al mejor postor. ¿Puede tildarse de independiente a agrupaciones de electores que brindan su apoyo a formaciones políticas poderosas para que éstas sigan incrementando su hegemonía? ¡Qué triste es pedir el voto para acabar mendigando una misérrima cuota de poder! Una agrupación independiente nunca debe pactar, sólo llegar a acuerdos puntuales que beneficien a su localidad, permitiendo que gobierne la lista más votada.
Es el propio sistema electoral, que es terriblemente injusto y del que todos intentan beneficiarse con habilidad a cualquier nivel, el instrumento que prima sobremanera a grupúsculos que, salvo honradas excepciones, únicamente se representan a sí mismos, casi de forma familiar.

jueves, 16 de agosto de 2007

El opio del pueblo

"Neutralizar" a la oposición, "silenciar" las voces disidentes y "narcotizar" al hombre común, éstos son los grandes males de la imperante democracia. Una democracia, por cierto, construida desde despachos, ordenadores e imágenes. El poder de la comunicación es tan grande que prácticamente determina la demanda social. Si es cierto que "La gente sólo ve lo que está preparada para ver", entonces los mensajes que se inoculan a través de los mass media quedarían adecuados como meros productos de consumo de acuerdo a la máxima anterior.
El dilema que se plantea es si lo que pasa es aquello que se nos ofrece o si se nos ofrece porque pasa. ¿Lo que ocurre adquiere relevancia según reporte algún tipo de provecho, utilidad, ventaja o fruto? Bien, la cuestión no es otra que la de qué hay de dar al público, o mejor dicho, a nuestros consumidores. En política, como en otros ámbitos de la sociedad, la respuesta es tremendamente afirmativa. Si el atavismo vende, en la arena política todavía mucho más. Centrar la atención en ciertos hechos significa obviar otras parcelas de "lo real", por lo que la "realidad" que se transmite siempre, por definición, se encuentra sesgada.
Este es un dato que cualquier planificador conoce de sobra. En política, todos sus profesionales deben aprender a apreciar la importancia de anular la protesta y la rebeldía. La mejor vía es la aplicación del principio "Divide et impera". Así pues, la desunión, el enfrentamiento, la discordia y el miedo, elementos de gran fuerza disgregadora, se potencian dando lugar a una percepción dantesca de la sociedad y de cada uno de sus miembros, a los que se termina por convertir en potenciales enemigos. Cuando la razón es sustituida por las emociones y los sentimientos, el hombre-masa del que hablaba Ortega y Gasset reclama la tiranía sobre su destino, pues es incapaz de autogobernarse al ser desposeído de "lo real".
Si tuviese que responder a la interrogante de cuál es el sueño de todo político, me atrevería a decir, y creo que la contestación se ajustaría bastante a lo comprobable, que el gobierno "sobre ciudadanos atemorizados y recelosos que no hablan con sus semejantes y que prefieren encerrarse a cal y canto en sus hogares para ver la televisión". Ésta no es sólo la opinión de reputados politólogos y filósofos políticos, sino también la compartida por expertos en comunicación. ¿Por qué? El poder político tradicional comanda únicamente en ausencia de ideales aglutinadores, y cuando éstos no existen aquél no para de crecer en una ¿democracia? teledirigida.
Hoy más que nunca antes en la Historia, el poder y su ejercicio se cimentan en una ingeniería forjada en el estudio de las necesidades materiales y espirituales del ser humano, de sus miedos y de sus temores, para aumentar respuestas emocionales ante ciertos estímulos amplificados: inseguridad, inestabilidad y desconfianza.
¿Puede la libertad de la que gozamos auparse sobre pilares tan débiles?

martes, 14 de agosto de 2007

Justicia electoral

No hace mucho tiempo que dos de mis queridos compañeros, los Profesores Ramón Soriano y Carlos Alarcón, tuvieron la valentía de publicar una obra convincente y fácil de leer: Justicia Electoral. En ella se expone la asimetría del valor de los votos en las diferentes circunscripciones y las causas que provocan que el mandato constitucional de que todos los sufragios emitidos sean iguales sea imposible de validar en la práctica. Sin embargo, no sólo se contentaron con denunciar este hecho acarreado por la funesta Ley D’hont, sino que propusieron alternativas viables para acercar la realidad al idealismo constitucional, las cuales obran en conocimiento de los prohombres de nuestra política nacional y autonómica.
Pero no voy a referirme aquí a las medidas expuestas en el mencionado trabajo; antes bien, explicaré otra propuesta que vengo estudiando desde hace tiempo y que me parece que, al igual que la citada, también se debería tener en cuenta por su complementariedad e innovación: el Voto Personal Transferible (VPT).
Uno de los grandes problemas que está minando la confianza de los ciudadanos en la calidad de nuestra democracia son los pactos postelectorales. Ya que se atiende más a la gobernabilidad, es decir, a la estabilidad, que a los resultados emanados de la voluntad popular directa, el gobierno de las distintas administraciones recae sobre mayorías indirectas. O sea, la mayoría que nace desde el voto en las urnas es sustituida legalmente por acuerdos entre representantes. Esto provoca, cuando no es dable el ‘rodillo monocolor’, o bien un bipartidismo casi perfecto, o bien que minorías no-significativas determinen la posibilidad y el curso de la gobernabilidad. Como se comprenderá fácilmente, cualquiera de estos supuestos es pernicioso para una auténtica democracia.
¿Cuáles son las características del VPT? Someramente: 1) Se aplica sobre una circunscripción multipersonal, esto es, se eligen a varios representantes nominalmente y no a listas cerradas; sin embargo, también podría implementarse sobre circunscripciones unipersonales, donde ganaría el candidato con mayor número de votos. Es importante que nos demos cuenta de ya no hablamos de "candidaturas" sino de candidatos. 2) Los electores ordenan sus preferencias numéricamente. 3) Las minorías no son expulsadas del sistema pero tampoco se amplifica indebidamente su representación, con lo que concordaría su implantación sociológica con el número de representantes obtenidos. 4) Al establecerse porcentajes para lograr representación, cuando un candidato la haya adquirido al alcanzar dicho tanto por ciento, no se desperdiciarán el resto de los votos sobrantes a su favor, sino que éstos, de acuerdo con la lista de preferencias manifestada por los votantes, pasarán a la segunda, tercera,... opción declarada, y a sí sucesivamente hasta completar el cuerpo de representantes a elegir por el colegio electoral.
Éstas son algunas de las líneas maestras del VPT. Estoy seguro de que serviría para solucionar muchas de las perturbaciones actuales, aunque es innegable que surgirían otras en el camino. No obstante, es mucho más acertado que la Ley D’hont.

lunes, 13 de agosto de 2007

El partido-empresa

Quizás muchos se sorprendan por el modelo que voy a exponer sobre cómo debería funcionar una partido político. Sin embargo, la experiencia que he ido acumulando en el ámbito profesional me demuestra cada vez más que una formación política con aspiraciones de éxito debe regirse pulcramente por el espíritu empresarial.
Bien, comencemos. Hoy ya las siglas, a no ser por una serie particularidades que sean localizables en ciertos segmentos de población, a las que se les denomina técnicamente "clivajes", como son por ejemplo la procedencia étnica, la confesión religiosa o la profesión, de poco o nada valen; incluso en muchas ocasiones los clivajes no actúan en absoluto como factor determinante para la inclinación del voto.
Parecerá, asimismo, una perogrullada afirmar que toda formación política sólo tiene un objetivo: ganar. Sí, es cierto, aunque dicha evidencia se agota en sí misma en la subjetividad de quienes forman parte de la competición. Una cosa es "querer ganar" y otra muy distinta "saber cómo lograrlo".
Los partidos de cuño tradicional fijan con fuerza la preponderancia de su aparato frente a las bases y simpatizantes (y hace muy poco hemos tenido la ocasión de comprobarlo). De hecho, los nuevos derroteros que las democracias post-industriales van tomando dejan al descubierto que ese esquema se desmorona, ya que la ideologización juega por momentos un papel cada vez más secundario. Son otro tipo de intereses los que priman: el romanticismo es abandonado progresivamente en favor del más puro pragmatismo.
Para ganar, hay que manejar con virtuosismo el marketing y las técnicas de venta; para vencer, hay que crear productos y "colocarlos". En efecto, la democracia de mercado no puede dejar de caracterizarse como un "mercado", y por ello, los partidos deben funcionar como empresas sometidas a la ley de la oferta y de la demanda.
Las formaciones hambrientas de beneficios más pingues tendrán que acomodar su estructura interna a un plan flexible de expansión, controlando mediando mecanismos fiables tanto los procesos que llevan a cabo como sus resultados. No obstante, las que únicamente cifren sus logros en el "resultadismo" sucumbirán a su propia ineficacia, pues hasta los más grandes iconos fenecen. En cambio, si se realizan adecuados estudios de mercado, análisis de grupos, medición de satisfacción popular, si se aplica el modelo DAFO (Debilidades, Amenazas, Oportunidades, Fortalezas), si se generan planes de contingencia y si se diseña un plan rector, entonces y sólo entonces es cuando se programará hacia el futuro, desligándose de la ideología burguesa del "corto plazo".
La planificación es fundamental para conocer cuáles son las estrategias a seguir, los objetivos a conseguir y las acciones a emprender. Si esto queda, en exclusiva, en manos de políticos profesionales sometidos a la rendición de cuentas hacia sus siglas comerciales, las victorias pírricas se sobrevalorarán en detrimento de los procesos afianzadores de resultados, más o menos, estables. En consecuencia, son los técnicos independientes, sin "amor" por ciertas causas, los sujetos más idóneos para esa labor. ¡Toda estrella se apaga!

domingo, 12 de agosto de 2007

De asesores y políticos

¿Cómo perciben los políticos a sus asesores? Bueno, ésta parece una pregunta demasiado general, cuando no simple. En realidad, la respuesta depende del político y no del asesor, por lo que la interrogante se torna bastante compleja. Los rasgos psicológicos del político, su liderazgo en la formación y su capacidad de penetración en le tejido social determinarán sobremanera su disposición frente a sus asesores. Normalmente, el asesor suele prescribir fórmulas y actuaciones orientas por la prudencia, y también por la sagacidad, mientras que al político, pragmático por naturaleza, siempre le urge que los frutos maduren con rapidez, dejando la calidad de los mismos para mejores ocasiones.
Cuando existe una compenetración máxima entre asesor y político, destilándose incluso confianza personal, es la cohorte profesional que rodea al político la que puede ver amenazado su enclave, presintiendo neuróticamente pérdida de posición. Esta falsa percepción, que se vive como una experiencia muy angustiosa la mayor de las veces en defensa de no se sabe qué, tiende a incomodar gratuitamente la labor de quien protege los intereses de todos y cada uno de los que se beneficiarán de la victoria.
Resulta una exigencia imperativa que los miembros de cualquier equipo de campaña, comenzando por su máximo responsable, reconozcan que un asesor es, en todo momento, un recurso disponible, pero jamás competencia que entre en colisión con las aspiraciones del grupo. El político y su jefe de campaña deben coordinarse a la hora de establecer la necesidad de contactar con asesores externos especialistas no sólo en ciertos tipos de elecciones, sino también en ciertas materias sobre la misma. Distinguiendo entre "dirigir" y "conducir" una campaña, la experiencia demuestra que los políticos profesionales no son los mejores conductores, pues a veces las decisiones a tomar, aun no siendo plenamente vinculantes, involucran su destino personal en el seno de su grupo. Son los asesores quienes deben conducir, mientras que los políticos profesionales pueden dirigir.
Para que un asesor pueda dirigir conveniente los pasos de un político en una campaña, deberá conocer en profundidad la filosofía política que profesa el/la candidato/a. No es tarea de un asesor ocupar el lugar de los ideólogos, pero tampoco tiene que oponerse a los modelos socio-económicos y a los valores de quienes solicitan su servicios. Debe ser aséptico, desligando su visión personal sobre el mundo y la sociedad de su objetivo: ganar comicios.Un/a candidato/a clarividente sabe que las próximas elecciones comienzan cuando se cierran las urnas en el colegio electoral. Por este motivo, es de vital importancia recurrir a las enseñanzas de la historia política, que nos indica que quien desee alcanzar una victoria, ha de prepararla desde lejos. En consecuencia, hacerse con los servicios de un asesor a largo plazo es una exigencia fundamental para orquestar el porvenir. Como último apunte en esta breve serie, es un error mentir a un asesor, ya que siempre sabrá la verdad sobre los recursos con los que una formación cuenta para hacer su campaña.