En el horizonte se atisba todavía lejos la próxima cita con las urnas. Bueno, lejos para la ciudadanía, pero no para quiénes se la juegan. De hecho, la maquinaria ya se ha puesto en marcha; mejor dicho, jamás se ha parado. El descanso se paga, y ejemplos hay sobrados.
La pregunta que siempre es planteable no es otra que la con qué nos van a deleitar esta vez. ¿Tendrán la suficiente imaginación como para esgrimir fórmulas novedosas? ¿Deberemos soportar "más vino viejo en odres muy caducos"? ¿Hasta dónde serán capaces de llegar para "encantarnos" y hacer que nos contorneemos al ritmo de una flauta? ¿Oiremos únicamente lo que estemos deseosos de escuchar?
Quizás tengamos que enfrentarnos ante un dilema y, posteriormente, ante una disyunción. En primer lugar: votar o no votar, he ahí la cuestión. En segundo lugar, una vez decidida la opción de ejercer el derecho al voto, ¿a quién votamos? El abanico de respuestas también se cierra: o a una marca o a otra; o bien, "voto protesta" a favor de formaciones desconocidas; o bien, en blanco.
Si estamos ilusionados, pues nos inclinaremos por lo tradicional. Si estamos desilusionados, lo más seguro es que nos iremos a pasar un buen día de descanso con la familia; y por favor, que no nos molesten. La cuestión es que, entre unos y otros, no colaboran demasiado, y llegan a aburrir.
¿Tendremos una participación similar a la francesa? ¡Ojalá!, pero va a ser una tarea ímproba. La gente tiene que percibir que algo puede cambiar. No ha de entenderse esto como "competitividad electoral", o sea, posibilidad de cambio en el partido que gobierna. No, más bien, independientemente de quien gane, si "el cambio" es de verdad posible.
Ningún político responsable deberá interpretar la abstención como un signo positivo, como la manifestación de que todo va bien. La abstención sólo muestra descontento, ya que los "índices de no-voto" son la representación del ejercicio negativo del derecho de sufragio activo.
No querer votar implica muchas lecturas. Sin embargo, es posible que la que más sobresalga sea la de que, aun participando por omisión al aceptar, eso sí, explícitamente las reglas del juego, se envíe un mensaje de disconformidad con los esquemas existentes. Todo se reduce a una mera cuestión de utilidad. Si llegamos al convencimiento de que nuestro voto, a nivel particular, no maximiza la utilidad del sistema, entonces, con casi completa seguridad, ese modo de política no nos vinculará. En cambio, si a la interrogante del para qué, damos una réplica positiva, nos acercaremos al colegio electoral.
Lo único que espero, como amante de la democracia, es que no se materialice la predicción de mi amigo, y radical demócrata, Francisco Rubiales en Periodista Digital: "Las próximas elecciones españolas... no serán una cita para demócratas sino para fanáticos, para esos ‘hooligans’ de la política que, de manera insensata, han creado los partidos políticos..., capaces de apoyar a los suyos ’hasta la muerte’ y de odiar al adversario ‘hasta la demencia’."
lunes, 17 de septiembre de 2007
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