lunes, 3 de septiembre de 2007

Tiempo y política

Es cierto que el tiempo no pasa igual para quien detenta el poder que para el resto de los mortales. La noción del mismo es diferente en razón de múltiples factores que atosigan a los mandatarios. Sin embargo, es algo muy común en los liderazgos altamente consolidados y de larga duración que el tiempo sea un elemento a despreciar. Miren, el tiempo en política vale más que cualquier otra variable. ¿Por qué? Es bien fácil la respuesta: acelerar o dilatar las acciones y procesos puede equivaler, según la visión miope de muchos, a debilitar la posición de elementos humanos mantenidos consciente, pero absurdamente, en la recámara. En definitiva, el tiempo político adquiere el valor de las ventajas que eres capaz de lograr en carrera con tus adversarios internos y externos; y esto significa información.
Resulta demasiado triste advertir cómo nuestros políticos dilapidan su superioridad temporal al encerrarse en contemplaciones erradas, minusvalorando a sus opositores y tornando sus fortalezas en debilidades. Si únicamente un político sabe ganar, pero no es hábil en gestionar la victoria, su paso por la historia, aunque se mantenga prolongadamente en el poder, será, al final, ninguneado por sus contemporáneos y por aquellos que, posteriormente, sólo recuerden sus aspectos más jocosos y chistosos.
El tiempo crea mitos, si bien es un peligro mortal convertirse en uno de ellos. Ser un referente histórico implica más aspectos negativos que positivos, sobre todo en caso de desnudar frente a todos el deseo de "pasar a la historia" como una figura irrepetible. En efecto, esto es algo que se termina consiguiendo, porque al ahondar en la trayectoria de los individuos, se observa todo un paisaje maculado que acaba por tachonar la imagen artificiosamente construida. Una cosa es la imagen pública y la propaganda, y otra muy distinta el trato privado con los auténticos sujetos. ¡Cuánta distancia entre ambas circunstancias!
¿Qué termina provocando todo esto? No hemos de caer en el simplismo, mas, en principio, se podría afirmar que hay dos ingredientes a atener en cuenta. Por un lado, la autocomplacencia del poderoso en la percepción de que es la "única fuente" de la que se puede acudir a beber; un yerro de colosales proporciones que libera una deriva destructiva y agónica en el tiempo político del "incauto". Por otro, toda autocomplacencia supone el principio de la eliminación: el tiempo, incluso sin ser consciente, comienza a correr en contra: abandonos, rupturas, equivocaciones excesivas, críticas fáciles, indefensión aprendida de voluntades dependientes, hostilidad progresiva desde todos los ámbitos, ... El reloj de arena se acelera por el propio desdén, la propia insensibilidad y el propio desprecio.
Sun, Bin y, antes que ellos, Li, todos dominadores del arte de la estrategia y de la psicología del poder, se percataron de que la ingratitud de un soberano preludiaba el ostracismo de su reino. Cuando sus generales, tras la victoria, no eran recompensados de acuerdo con la esperada "rectitud" y con proporcionalidad a la "palabra dada", entonces el enemigo había conquistado un arma poderosa.

2 comentarios:

agapornis dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
agapornis dijo...
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