jueves, 16 de agosto de 2007

El opio del pueblo

"Neutralizar" a la oposición, "silenciar" las voces disidentes y "narcotizar" al hombre común, éstos son los grandes males de la imperante democracia. Una democracia, por cierto, construida desde despachos, ordenadores e imágenes. El poder de la comunicación es tan grande que prácticamente determina la demanda social. Si es cierto que "La gente sólo ve lo que está preparada para ver", entonces los mensajes que se inoculan a través de los mass media quedarían adecuados como meros productos de consumo de acuerdo a la máxima anterior.
El dilema que se plantea es si lo que pasa es aquello que se nos ofrece o si se nos ofrece porque pasa. ¿Lo que ocurre adquiere relevancia según reporte algún tipo de provecho, utilidad, ventaja o fruto? Bien, la cuestión no es otra que la de qué hay de dar al público, o mejor dicho, a nuestros consumidores. En política, como en otros ámbitos de la sociedad, la respuesta es tremendamente afirmativa. Si el atavismo vende, en la arena política todavía mucho más. Centrar la atención en ciertos hechos significa obviar otras parcelas de "lo real", por lo que la "realidad" que se transmite siempre, por definición, se encuentra sesgada.
Este es un dato que cualquier planificador conoce de sobra. En política, todos sus profesionales deben aprender a apreciar la importancia de anular la protesta y la rebeldía. La mejor vía es la aplicación del principio "Divide et impera". Así pues, la desunión, el enfrentamiento, la discordia y el miedo, elementos de gran fuerza disgregadora, se potencian dando lugar a una percepción dantesca de la sociedad y de cada uno de sus miembros, a los que se termina por convertir en potenciales enemigos. Cuando la razón es sustituida por las emociones y los sentimientos, el hombre-masa del que hablaba Ortega y Gasset reclama la tiranía sobre su destino, pues es incapaz de autogobernarse al ser desposeído de "lo real".
Si tuviese que responder a la interrogante de cuál es el sueño de todo político, me atrevería a decir, y creo que la contestación se ajustaría bastante a lo comprobable, que el gobierno "sobre ciudadanos atemorizados y recelosos que no hablan con sus semejantes y que prefieren encerrarse a cal y canto en sus hogares para ver la televisión". Ésta no es sólo la opinión de reputados politólogos y filósofos políticos, sino también la compartida por expertos en comunicación. ¿Por qué? El poder político tradicional comanda únicamente en ausencia de ideales aglutinadores, y cuando éstos no existen aquél no para de crecer en una ¿democracia? teledirigida.
Hoy más que nunca antes en la Historia, el poder y su ejercicio se cimentan en una ingeniería forjada en el estudio de las necesidades materiales y espirituales del ser humano, de sus miedos y de sus temores, para aumentar respuestas emocionales ante ciertos estímulos amplificados: inseguridad, inestabilidad y desconfianza.
¿Puede la libertad de la que gozamos auparse sobre pilares tan débiles?

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