lunes, 13 de agosto de 2007

El partido-empresa

Quizás muchos se sorprendan por el modelo que voy a exponer sobre cómo debería funcionar una partido político. Sin embargo, la experiencia que he ido acumulando en el ámbito profesional me demuestra cada vez más que una formación política con aspiraciones de éxito debe regirse pulcramente por el espíritu empresarial.
Bien, comencemos. Hoy ya las siglas, a no ser por una serie particularidades que sean localizables en ciertos segmentos de población, a las que se les denomina técnicamente "clivajes", como son por ejemplo la procedencia étnica, la confesión religiosa o la profesión, de poco o nada valen; incluso en muchas ocasiones los clivajes no actúan en absoluto como factor determinante para la inclinación del voto.
Parecerá, asimismo, una perogrullada afirmar que toda formación política sólo tiene un objetivo: ganar. Sí, es cierto, aunque dicha evidencia se agota en sí misma en la subjetividad de quienes forman parte de la competición. Una cosa es "querer ganar" y otra muy distinta "saber cómo lograrlo".
Los partidos de cuño tradicional fijan con fuerza la preponderancia de su aparato frente a las bases y simpatizantes (y hace muy poco hemos tenido la ocasión de comprobarlo). De hecho, los nuevos derroteros que las democracias post-industriales van tomando dejan al descubierto que ese esquema se desmorona, ya que la ideologización juega por momentos un papel cada vez más secundario. Son otro tipo de intereses los que priman: el romanticismo es abandonado progresivamente en favor del más puro pragmatismo.
Para ganar, hay que manejar con virtuosismo el marketing y las técnicas de venta; para vencer, hay que crear productos y "colocarlos". En efecto, la democracia de mercado no puede dejar de caracterizarse como un "mercado", y por ello, los partidos deben funcionar como empresas sometidas a la ley de la oferta y de la demanda.
Las formaciones hambrientas de beneficios más pingues tendrán que acomodar su estructura interna a un plan flexible de expansión, controlando mediando mecanismos fiables tanto los procesos que llevan a cabo como sus resultados. No obstante, las que únicamente cifren sus logros en el "resultadismo" sucumbirán a su propia ineficacia, pues hasta los más grandes iconos fenecen. En cambio, si se realizan adecuados estudios de mercado, análisis de grupos, medición de satisfacción popular, si se aplica el modelo DAFO (Debilidades, Amenazas, Oportunidades, Fortalezas), si se generan planes de contingencia y si se diseña un plan rector, entonces y sólo entonces es cuando se programará hacia el futuro, desligándose de la ideología burguesa del "corto plazo".
La planificación es fundamental para conocer cuáles son las estrategias a seguir, los objetivos a conseguir y las acciones a emprender. Si esto queda, en exclusiva, en manos de políticos profesionales sometidos a la rendición de cuentas hacia sus siglas comerciales, las victorias pírricas se sobrevalorarán en detrimento de los procesos afianzadores de resultados, más o menos, estables. En consecuencia, son los técnicos independientes, sin "amor" por ciertas causas, los sujetos más idóneos para esa labor. ¡Toda estrella se apaga!

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